Un artículo publicado en agosto de 2026 en la revista AIDS Education and Prevention ha constatado que profesionales relacionados con la atención de la infección por el VIH manifestaron mayor confianza en sus conocimientos tras participar en un programa formativo virtual. La iniciativa, organizada en EE UU por el National LGBTQIA+ Health Education Center de The Fenway Institute, reunió formación sobre tratamientos, coordinación asistencial y reducción del estigma. El estudio analizó las respuestas de 80 participantes. Sus resultados reflejan percepciones inmediatas y no permiten todavía afirmar que mejorara la atención ni la salud de las personas con el VIH.
El programa pretendía acercar contenidos actualizados a profesionales de distintos ámbitos, especialmente a quienes trabajan en entornos con menor disponibilidad de profesionales especializados en VIH. La convocatoria se difundió mediante un boletín dirigido a unas 20.000 personas. La inscripción fue voluntaria. Entre quienes respondieron había profesionales de trabajo social, coordinación de casos, enfermería, gestión de programas, medicina, farmacia y agentes comunitarios. Más de un tercio trabajaba en centros de salud comunitarios.
Tratamiento, coordinación y estigma: tres dimensiones de la atención
Las tres sesiones se impartieron en directo por videoconferencia. Sus grabaciones quedaron disponibles posteriormente. La primera abordó obstáculos para alcanzar la supresión virológica —reducir la cantidad de VIH en sangre a niveles muy bajos—. También abordó opciones terapéuticas, como los antirretrovirales inyectables de acción prolongada y los tratamientos de un solo comprimido.
La segunda se centró en la atención en equipo: las funciones de cada perfil profesional, la coordinación de servicios, las derivaciones y las dificultades para acceder o mantenerse vinculado a la asistencia. La tercera trató el estigma relacionado con el VIH. Abordó su interacción con prejuicios vinculados a la orientación sexual, la identidad de género, el consumo de sustancias o la inestabilidad residencial. También abordó estrategias para favorecer una comunicación respetuosa.
La participación varió considerablemente: asistieron 22 personas a la primera sesión, 34 a la segunda y 65 a la tercera. De las 80 personas que entraron en el análisis, 53 acudieron a una sola sesión. Únicamente 14 completaron las tres. Por tanto, la evaluación recoge experiencias diferentes y no equivale a comprobar el efecto de todo el programa en cada participante.
Más confianza y utilidad percibida, pero sin resultados clínicos medidos
Los cuestionarios, cumplimentados antes y después de cada sesión, pedían valorar de uno a cinco la confianza en los propios conocimientos. La puntuación media pasó de 2,64 a 4,07 en la sesión sobre tratamientos. En la dedicada al trabajo en equipo pasó de 2,97 a 4,14. En la centrada en el estigma pasó de 3,36 a 4,57. Los tres aumentos fueron estadísticamente significativos. Sin embargo, no se realizaron exámenes que permitieran verificar cuánto habían aprendido realmente los asistentes.
También se preguntó por la utilidad de la formación. La consideraron alta el 81,3% de quienes respondieron tras la primera sesión, el 77,8% tras la segunda y el 93,1% tras la tercera. Pese a esa diferencia aparente, no se observaron diferencias estadísticamente significativas entre las valoraciones de las sesiones.
Entre el 62,5% y el 75,9% de quienes respondieron a los cuestionarios posteriores manifestó su intención de aprovechar lo aprendido para mejorar la atención. Entre el 53,4% y el 59,3% tenía previsto compartir la información con sus compañeros. Algunas respuestas destacaron la comprensión de las alternativas terapéuticas, los circuitos de derivación y la importancia de evitar expresiones estigmatizantes. Sin embargo, se trataba de intenciones y valoraciones, no de cambios observados en la práctica.
Los participantes identificaron, además, obstáculos que la formación no puede resolver por sí sola: escasez de personal, falta de tiempo, limitaciones económicas, insuficiente apoyo institucional y dificultades para realizar derivaciones. Estas barreras muestran que disponer de información actualizada no garantiza que los equipos puedan aplicarla en su trabajo cotidiano.
La investigación no contó con un grupo de comparación ni realizó un seguimiento posterior. Por ello, no permite determinar si el aumento de confianza se mantuvo o se tradujo en cambios asistenciales. Las cifras sobre confianza proceden de 15, 22 y 53 participantes con respuestas emparejadas, respectivamente. La inscripción voluntaria y la captación mediante el boletín del centro limitan la representatividad de la muestra. Los cuestionarios tampoco estaban formalmente validados. Además, no se midieron la coordinación efectiva de los equipos ni la supresión virológica de las personas atendidas.
En conjunto, la experiencia sugiere que combinar actualización terapéutica, trabajo en equipo y sensibilización frente al estigma resulta bien recibido por profesionales de perfiles diversos. Determinar si esta formación contribuye a mejorar la atención exigirá comprobar cambios sostenidos en la práctica y resultados de salud.
Fuente: AIDS Education and Prevention / Elaboración propia (gTt-VIH).
Referencia: Batchelder AW, Emsbo K, Besson A, Irie W, Rock AE, Granitto G, Ard KL, Mayer KH. Evaluation of a National Interdisciplinary Educational Intervention to Optimize Comprehensive HIV Care. AIDS Educ Prev. 2026;38(4):271–283. doi:10.1521/aeap.2026.38.4.271..
<Nota editorial>
Sobre la versión de esta noticia
El equipo editorial – 21/10/2026
Publicamos esta noticia en una única versión. Hemos revisado la redacción y acortado algunas frases para facilitar la lectura, manteniendo la información necesaria para comprender los resultados.
El texto explica qué valoraron los profesionales de la formación y por qué se sintieron más seguros de sus conocimientos. También aclara que todavía falta comprobar si lo aprendido se traduce en una mejor atención a las personas con el VIH. Así, ofrecemos en una misma lectura los principales hallazgos y sus límites.
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