Recuerdo cómo agachaba la cabeza en señal de vergüenza

Alan

Ese día fue el más oscuro de los que hasta hoy he tenido, aún recuerdo bien el shock que fue para mí y el sentimiento de muerte, desesperación y final que me invadían en ese momento. La vergüenza que iba significar para mi familia, cuya reputación es intachable. Solo en la ciudad, en mi departamento, lloré toda la noche pensando que era el final.

Me costó mucho contarle a una de mis hermanas, pero fue necesario por cuestiones financieras. Para mí lo más difícil fueron las citas médicas, las pruebas… cada procedimiento que se tenía que hacer lo hacía solo y recuerdo cómo agachaba la cabeza en señal de vergüenza.

Ya tengo un año con mi diagnóstico y con el tratamiento, de mi familia solo dos de mis hermanas saben y mi mejor amigo. Tengo temor al futuro, me alejé de mis amistades, me cuesta dejar entrar a alguien gracias a este secreto. Me duele saber que la posibilidad de tener familia es menor y lo difícil que podría ser encontrar alguien que acepte mi diagnóstico y me ame sobre eso.

Fui diagnosticado también de ansiedad y depresión, pero sobre todo esto sigo caminando y buscando la forma de integrarme en mis relaciones.

Pero sobretodo puedo decir que sigo de pie gracias a el amor inmenso con el que Dios me cubrió. Realmente les digo que no estaría aquí si no fuera por él.

Ahora sigo en este camino de sanación espiritual, tengo paz incluso en mis miedos. 

¡Solo me queda decirte a ti, que no te condenes! Hay misericordia disponible. ¡No habrá nadie jamás que te pueda decir “tú estás condenado”!

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