No dejéis que el virus condicione vuestra vida

Alejandro

Hay momentos en la vida que marcan un antes y un después. En mi caso, una fecha que quedó grabada a fuego en mi cabeza es el 28 de febrero de 2017. Han pasado ni más ni menos que 9 años desde aquel fatídico día, pero lo recuerdo como si fuera ayer.

Procuraré no entrar en detalles para no extenderme demasiado, pero, en resumidas cuentas, acudí a consulta con mi médico de medicina general para valorar los resultados de una analítica de control rutinaria que me había hecho días antes y a la que se someten tantas y tantas personas al menos una vez al año. Lo que no esperaba recibir dentro de esas cuatro paredes era el mayor jarro de agua fría que he sufrido hasta el momento: “Has dado positivo en VIH. Esto es una clínica privada y tu seguro, lamentablemente, no cubre el coste del tratamiento. Lo mejor que puedes hacer es pedir cita en tu centro de salud para que te deriven a un hospital público donde puedan hacerte seguimiento y que la Seguridad Social costee los antirretrovirales. Lo siento mucho, no puedo hacer más por ti”.

Tardé varios segundos en reaccionar a lo que acababa de decir, impertérrito, aquel señor de bata blanca. ¿VIH positivo? Será una broma, ¿no? Me levanté de la silla sin ser aún plenamente consciente de lo que acababa de escuchar, le di las gracias, a pesar de su falta de empatía para con un chaval de 27 años al que se le había venido el mundo encima en cuestión de minutos, y salí a la calle sin saber muy bien qué hacer ni a dónde ir. Mi vida acababa de dar un giro de 180° y lo primero que pensé cuando logré procesar mínimamente todo lo que había pasado fue: “Hostias, me voy a morir…” (Cuánto mal hace la desinformación).

Con la mirada perdida en algún punto en el horizonte, saqué el móvil del bolsillo y tecleé el número de teléfono de mi madre con lágrimas en los ojos y aterrorizado por su posible reacción. No solo iba a saber que su hijo acababa de ser diagnosticado del VIH, sino que, además, ¡aquella llamada supuso mi salida forzosa del armario! Como podréis imaginar, me planteé en el peor de los escenarios, pero os diré que no hay peor enemigo que una mente llena de prejuicios.

No tendré vidas ni palabras suficientes para agradecerle a mi madre el amor y el cariño incondicional que me transmitió en ese momento. Sé que no fue fácil ni para ella ni para mi padre, pero ambos me demostraron que ante cualquier piedra que se ponga en el camino siempre estarán ahí para apoyarme.

Después de aquello vinieron meses complicados: medicación, prueba tras prueba en el hospital hasta ser VIH indetectable e intransmisible, ruptura sentimental con mi pareja de entonces, miedo atroz a relacionarme afectiva y sexualmente con otras personas… En fin, un túnel del que no llegaba a vislumbrar la luz al final. Por suerte, más tarde o más temprano, la tormenta amaina y las aguas vuelven a la calma.

Mi vida ya no es ni será como antes del 28 de febrero de 2017, como tampoco lo será la vuestra si recibís un diagnóstico positivo en VIH, pero tenéis que tener clara una cosa: no dejéis que el virus condicione vuestra vida. Aprended a vivir con él: os guste o no, va a ser vuestro compañero hasta el final de vuestros días, y no permitáis bajo ningún concepto que nadie os destruya por tener el VIH. Amaos más que a nada en el mundo: la gente viene y va, pero al final vuestra vida es exclusivamente vuestra y quien quiera quedarse a vuestro lado lo hará porque os quiere y os aprecia por quienes realmente sois.

Esta es mi historia personal. Espero que os haya podido ayudar en algo.

Os mando un abrazo enorme a todos.

Con cariño,

Alejandro

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