Un programa piloto de formación en sensibilidad de género dirigido a profesionales que atienden a personas con el VIH en Uganda ha logrado reducir el estigma percibido por las personas usuarias, aunque sin mejorar de forma continuada la adherencia al tratamiento ni la satisfacción con la atención recibida.
El estudio, desarrollado en varios centros sanitarios del país africano, muestra unos resultados algo decepcionantes. Así, pese a los avances iniciales en conocimiento y empatía por parte del personal sanitario, se observaron limitaciones estructurales del sistema que dificultaron la aplicación real y duradera de este tipo de enfoques en la práctica clínica rutinaria.
La investigación se llevó a cabo en seis clínicas de la región central de Uganda, con la participación de personal sanitario y personas con el VIH y dificultades de adherencia o que acababan de iniciar el tratamiento antirretroviral. Durante un año se evaluaron los efectos de una formación específica orientada a comprender cómo aspectos relacionados con el género influyen en el acceso, la estabilidad y la calidad de la atención del VIH. Los resultados reflejan un escenario complejo: mejoras claras en la reducción del estigma, pero también señales de desgaste y frustración tanto en el caso de los profesionales como en el de los usuarios.
El peso de las normas de género en el VIH
Las normas sociales con relación al género siguen siendo un factor clave en la transmisión del VIH y en las barreras de acceso a la atención o prevención de la infección (véase La Noticia del Día 02/09/2025).
Ello cobra especial relevancia en entornos tales como el África subsahariana. En el caso de las mujeres, la desigualdad de género limita su autonomía para tomar decisiones sobre la prevención y el tratamiento, incrementa la dependencia económica y aumenta la exposición a la violencia de género. Todo ello se traduce en un mayor riesgo de infección y en dificultades para mantener la estabilidad terapéutica.
En los hombres, los mandatos asociados a la masculinidad —como la fortaleza, la autosuficiencia o el rechazo a mostrar vulnerabilidad— se combinan con el estigma asociado al VIH, desincentivando la realización de pruebas diagnósticas y el seguimiento médico regular. Aunque las intervenciones comunitarias orientadas a cuestionar estas normas han demostrado mejorar algunos resultados en salud, la formación específica del personal sanitario en este ámbito ha recibido menos atención, pese a su papel clave como primer punto de contacto con el sistema de salud.
Sobre esta base, el programa formativo se diseñó para aumentar la conciencia del personal sanitario sobre el impacto del género en la atención del VIH. También pretendió reducir sesgos y estereotipos; mejorar la comunicación centrada en la persona y reforzar la capacidad para ofrecer un acompañamiento sensible a hombres y mujeres.
Resultados desiguales y barreras estructurales
La intervención consistió en cuatro sesiones formativas distribuidas a lo largo de varios meses y dirigidas a personal sanitario y trabajadores comunitarios. A los seis meses, los profesionales formados mostraron una mejora moderada en sus competencias en atención sensible al género, mientras que en los centros sin formación se observó un ligero empeoramiento. Sin embargo, al cabo de un año, estas mejoras prácticamente habían desaparecido.
El efecto positivo fue más evidente en los hombres y en el personal no clínico, como por ejemplo en agentes comunitarios o educadores pares. Fueron de los pocos subgrupos que mantuvieron parte de los avances a los doce meses. Los participantes destacaron una mayor capacidad para identificar situaciones de violencia de género, reconocer sesgos hacia determinados grupos —como trabajadoras sexuales, jóvenes o personas con consumo problemático de alcohol— y mostrar una mayor empatía hacia las personas atendidas.
No obstante, esta mayor conciencia no siempre se tradujo en una mejor experiencia para los usuarios. De hecho, las personas atendidas en los centros con formación valoraron peor la calidad de la comunicación y mostraron una menor satisfacción con la atención recibida al final del seguimiento. La presión asistencial, las largas colas, la falta de privacidad y el escaso tiempo disponible por consulta fueron señalados por los propios profesionales como obstáculos clave para aplicar una atención realmente centrada en la persona.
Reducción del estigma
En términos de resultados clínicos, tanto los centros con formación como los de control mejoraron la adherencia al tratamiento antirretroviral, sin diferencias significativas entre ambos grupos. El beneficio más claro y sostenido para las personas atendidas fue la reducción del estigma, especialmente del estigma anticipado, es decir, el miedo a ser discriminados por otras personas. Mientras que en los centros de control este tipo de estigma aumentó con el tiempo, en los centros con formación se redujo de manera significativa.
En conjunto, el estudio pone de relieve que la formación respecto al enfoque de género puede ser una herramienta valiosa para reducir el estigma y sensibilizar al personal sanitario, pero también evidencia que, sin cambios organizativos y apoyo continuado, sus efectos tienden a diluirse. La atención al VIH basada en la confianza, la escucha activa y el respeto requiere tiempo y recursos que muchos sistemas sanitarios, tal y como están estructurados actualmente, no permiten ofrecer de forma consistente.
Fuente: Aidsmap / Elaboración propia (gTt-VIH).
Referencia: Sileo KM et al. Mixed methods pilot evaluation of a gender-sensitivity training for HIV care providers in Uganda: Effects on providers and clients. PLOS Global Public Health 5(9): e0004247, 2025 (open access).
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