La fragilidad, un fenómeno frecuente entre las personas que viven con el VIH (véase La Noticia del Día 27/11/2024), se asocia de forma clara con un mayor riesgo de mortalidad, incluso en adultos jóvenes y en personas con un buen seguimiento clínico. Así lo demuestra un amplio estudio realizado en EE UU entre 2015 y 2024, que analizó la evolución de miles de personas con el VIH y confirma que los signos de fragilidad no son un problema exclusivo del envejecimiento avanzado, sino un marcador clínico relevante que puede aparecer décadas antes y tener consecuencias graves si no se detecta a tiempo.
El análisis se basó en datos de una gran cohorte estadounidense, con un promedio de seguimiento por participante superior a cinco años. En total se incluyó a 6.750 adultos con el VIH atendidos en seis centros médicos. Durante el periodo de estudio se registraron 360 fallecimientos, lo que permitió evaluar con solidez la relación entre fragilidad y mortalidad por cualquier causa; ajustando los resultados en función de edad, sexo, situación inmunológica, carga viral y múltiples comorbilidades.
La fragilidad se definió a través de un cuestionario validado basado en cuatro elementos: inactividad física, fatiga persistente, pérdida de peso involuntaria y dificultades de movilidad. En función del resultado obtenido en el cuestionario, las personas se clasificaron como robustas, prefrágiles o frágiles.
Una condición frecuente y con impacto real en la supervivencia
Los resultados del presente estudio evidencian que más de la mitad de las personas con el VIH ya presentaban algún grado de fragilidad al inicio del seguimiento. El 45% de los participantes obtuvo puntuación de robusto, mientras que un 44% se encontraba en situación de prefragilidad y un 11% cumplía criterios de fragilidad establecida. Esta última no solo fue relativamente común, sino que se asoció a una tasa de mortalidad casi tres veces superior a la observada en quienes no eran frágiles.
Tras ajustar los datos por múltiples factores clínicos y sociodemográficos, la prefragilidad se relacionó con un aumento del 50% en el riesgo de muerte, y la fragilidad con un incremento cercano al 170% en comparación con las personas robustas. Estos hallazgos se mantuvieron estables incluso al tener en cuenta índices globales de salud y variables como el consumo de sustancias.
Uno de los aspectos más relevantes del estudio es que la fragilidad no actúa simplemente como un reflejo de otras enfermedades. Su asociación con la mortalidad fue independiente de otros parámetros tales como la carga viral, el recuento de CD4, la función renal o la presencia de diabetes e hipertensión. Esto refuerza la idea de que la fragilidad capta una pérdida global de reserva fisiológica que no siempre queda reflejada en los indicadores clínicos habituales.
Riesgo elevado en adultos jóvenes y mujeres
El análisis por subgrupos aporta un mensaje especialmente importante para la práctica clínica. En personas menores de 50 años, la fragilidad se asoció a un riesgo de muerte más de tres veces superior, una magnitud incluso mayor que la observada en los mayores de esa edad. Este dato cuestiona la visión tradicional de la fragilidad como un problema estrictamente geriátrico y pone de relieve la necesidad de evaluarla sin basarse únicamente en la edad cronológica.
También destacan los resultados en mujeres con el VIH. Aunque el número de participantes femeninas fue menor, la fragilidad se asoció en este grupo a un aumento muy marcado del riesgo de mortalidad. Pese a la amplitud de los intervalos de confianza, la consistencia de la asociación sugiere que pueden existir mecanismos biológicos y sociales específicos que amplifiquen el impacto de la fragilidad en mujeres que viven con el virus.
Implicaciones clínicas: detectar antes para intervenir mejor
Más allá de los números, el principal mensaje del estudio es práctico. La fragilidad debería incorporarse de forma sistemática a la atención rutinaria de la infección por el VIH como herramienta de estratificación del riesgo. Esperar a que la persona presente un deterioro evidente puede suponer perder una ventana de oportunidad clave.
La prefragilidad, que afecta a casi la mitad de la cohorte, no es una situación inocua. Conlleva un aumento de riesgos clínicos y representa el punto en el que las intervenciones pueden ser más eficaces. Actuar sobre la actividad física, la nutrición, la estabilidad del peso, la salud mental y el control de las enfermedades cardiometabólicas puede ser esencial antes de que el deterioro sea más difícil de revertir.
Aunque la evidencia sobre la reversibilidad de la fragilidad aún es limitada, los datos apuntan a que se trata de un estado dinámico. Las personas pueden mejorar o empeorar con el tiempo, lo que refuerza la utilidad de evaluaciones periódicas sencillas basadas en fatiga, movilidad, peso y nivel de actividad, sin necesidad de pruebas complejas.
En conjunto, este estudio consolida la fragilidad como un indicador clínico de gran valor en personas con el VIH. Se trata de una señal precoz que permite anticipar riesgos y orientar una atención más integral. Integrarla en la práctica clínica puede ser clave no solo para prolongar la esperanza de vida, sino también para mejorar la calidad de vida y la salud a largo plazo de las personas con el VIH.
Fuente: The Body Pro / Elaboración propia (gTt).
Referencia: Ryan White HIV/AIDS Program Annual Data Report: Ryan White HIV/AIDS Program Services Report” was published online in December 2025 by the Division of Policy and Data, HIV/AIDS Bureau, Health Resources and Services Administration, U.S. Department of Health and Human Services, Rockville, Maryland.
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