Cuando la estigmatización de la obesidad se suma a la relacionada con el VIH

Miguel Vázquez
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El problema del aumento de peso y las anomalías metabólicas en las personas con VIH debe tener un abordaje individualizado

El desarrollo de tratamientos antirretrovirales más eficaces y tolerables se ha traducido en una mayor esperanza de vida para las personas con el VIH, que han visto como la pérdida de peso (emaciación) asociada al VIH ha disminuido de forma drástica. Sin embargo, esta población es vulnerable a otros problemas de salud como el aumento de peso o el síndrome metabólico. El aumento de peso asociado al VIH incluye el fenómeno de “retorno a la salud” y los efectos de los fármacos antirretrovirales. Hay que destacar que, aunque en términos generales, el beneficio del tratamiento supera el riesgo de sus posibles efectos secundarios, a medida que las personas con VIH envejecen y su esperanza de vida aumenta, debe tenerse en cuenta el efecto que tiene sobre su salud y calidad de vida el aumento de peso y otras anomalías metabólicas, incluyendo la estigmatización asociada al peso corporal. Estas conclusiones han sido publicadas en una edición especial de Infectious Disease, a partir de una revisión de diversos estudios en los que se abordaron los efectos metabólicos asociados al tratamiento y donde se aconseja adoptar una estrategia individualizada.

A pesar de los avances registrados en los tratamientos para el VIH, no hay que olvidar que los fármacos antirretrovirales más antiguos se asociaron al desarrollo de lipodistrofia. Por otro lado, el aumento de peso y determinados fármacos pueden tener un impacto en la aparición de resistencia a la insulina (una condición que puede preceder al desarrollo de la diabetes tipo 2 en las personas con VIH). Además, esto puede dar lugar al síndrome metabólico, que consiste en un conjunto de factores de riesgo para desarrollar enfermedades cardiovasculares y diabetes tipo 2. También se ha observado que la inflamación asociada a la obesidad abdominal puede contribuir a la aparición de deterioro neurocognitivo. Es importante destacar que el impacto de la disfunción y la desregulación inmunitarias en el tejido adiposo afecta los resultados de salud de estas personas.

Las personas con un peso inferior presentan una función inmunitaria y una inflamación del tejido adiposo diferentes a las de las personas con un peso superior, incluyendo aquellas que tienen VIH. Además, las anomalías metabólicas pueden conducir a la enfermedad del hígado graso no alcohólico. Asimismo, es crucial considerar los efectos del aumento de peso durante la gestación en el caso de mujeres con el VIH. Por otra parte, se ha observado que la presión arterial también puede verse afectada durante el primer año de tratamiento antirretroviral y en etapas posteriores.

Cada vez se acumulan más datos que indican que el uso de determinados fármacos –como los inhibidores de la integrasa (INI) o tenofovir alafenamida– están relacionados con un posible aumento de peso en personas con VIH (véanse La Noticia del Día 02/06/2021 y La Noticia del Día 08/07/2020). A pesar de ello, aún no se ha dilucidado el mecanismo real que está detrás de este aumento de peso con dichos fármacos y, aunque se han descrito factores de riesgo para el aumento de peso (como la raza o el sexo), lo cierto es que se desconoce hasta qué punto puede producirse una verdadera reversibilidad del aumento de peso.

Por otro lado, la exposición a fármacos de la familia de los inhibidores de la transcriptasa inversa análogos de timidina y didanosina se asocia al desarrollo de resistencia a la insulina. Por todo esto, todas las personas con VIH, con independencia de su régimen de tratamiento, deberían recibir un seguimiento de la incidencia de diabetes de tipo 2.

A la hora de abordar todas estas potenciales complicaciones, otro factor a tener en cuenta es la estigmatización asociada al peso que pueden sufrir las personas con el VIH, ya que tiene un efecto perjudicial sobre la salud, incluyendo trastornos alimentarios, trastornos del sueño y evitación del ejercicio. La estigmatización de la obesidad consiste en la devaluación que se hace a una persona por el tamaño y volumen de su cuerpo. Esta depreciación parece surgir del pensamiento o creencia social que sostiene que la obesidad es una enfermedad provocada por el propio individuo, atribuyéndole una responsabilidad unipersonal, y no atendiendo a los múltiples factores que la ocasionan (factores genéticos, ambientales, psicológicos, endocrinos, neurales, políticos, económicos y de estilo de vida). En consecuencia, la creencia errónea de que la obesidad es una patología donde la persona puede controlar de forma unilateral su enfermedad, la ha convertido en uno de los problemas de salud asociados a una mayor estigmatización social. De hecho, una persona con sobrepeso u obesidad suele ser calificada socialmente como una persona ‘vaga’, ‘insaciable, ‘sin fuerza de voluntad’ y ‘sin autodisciplina’, etc., aunque estos argumentos carezcan de evidencia científica. Este hecho, sumado a las propias repercusiones clínicas de la obesidad, afectan drásticamente a su salud mental, rendimiento, oportunidades, entre otras, puesto que su estigmatización es una situación presente tanto el ámbito laboral, educativo, en medios sociales y de comunicación, como en entornos sanitarios. También existen experimentos que reflejan que los niveles de cortisol aumentan en respuesta a la exposición a situaciones de estigmatización por el peso y las personas que sufren discriminación por su peso tienden a presentar unos niveles más elevados de proteína C reactiva. Por otro lado, los adolescentes que sufren este estigma tienen más probabilidades de desarrollar obesidad, diabetes de tipo 2 y enfermedades cardiovasculares. Todo esto lleva a que se produzca un aumento de la mortalidad por todas las causas entre las personas que sufren estigmatización.

Es importante que los profesionales sanitarios sean conscientes de esta situación, ya que pueden contribuir a perpetuar dicha estigmatización debido a sus propios prejuicios, tanto implícitos como explícitos. Por ejemplo, los estereotipos existentes hacia las personas con sobrepeso u obesidad pueden llevar a la atribución de características negativas, como pereza, falta de inteligencia o falta de fuerza de voluntad y autocontrol. De hecho, es posible que algunos de los profesionales sanitarios incluso recurran a la estigmatización para fomentar conductas orientadas a conseguir una pérdida de peso. Por otro lado, los profesionales sanitarios también tienden a atribuir en exceso los problemas de salud y comorbilidades al peso, lo que puede conducir a que se pierdan oportunidades de diagnosticar otras condiciones médicas subyacentes. Cuando el estigma que rodea al VIH se suma al estigma del peso, es probable que los resultados en salud sean peores.

También existe una correlación entre el peso, la raza y el riesgo cardiovascular, lo que sugiere que debería incluirse la raza como un efecto principal en los modelos estadísticos. En la actualidad, se suele utilizar como covariable para ajustar por origen racial y étnico. Por otro lado, hay factores de riesgo socioconductuales o relacionados con el estilo de vida (como el consumo de alcohol, la osteoporosis, los episodios previos definitorios de sida o la polifarmacia) que deben abordarse con intervenciones adecuadas.

El efecto del peso para las personas con VIH ha ido variando a lo largo de la pandemia y los resultados sanitarios a corto plazo han dado paso a consecuencias sanitarias a largo plazo. Esto hace que al iniciar y cambiar de tratamiento antirretroviral deben tenerse en cuenta factores específicos de cada paciente. Es esencial adoptar un enfoque centrado en la persona en el que se tenga en cuenta los hábitos de vida y el tratamiento farmacológico y quirúrgico de las personas con el VIH con sobrepeso y obesidad.

Fuente: IDSE/Elaboración propia (gTt-VIH)
Referencia: Murray M. HIV and Weight Stigma. ARTclass Infectious Disease Special Edition.

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