Los lubricantes rectales pueden aumentar el riesgo de adquirir infecciones de transmisión sexual

Gus Cairns

La trayectoria de unos treinta años de consejos acerca de sexo seguro se ha visto conmocionada durante la Conferencia Internacional de Microbicidas 2010, cuando un sondeo sobre uso de lubricantes en un grupo de mujeres y hombres gays evidenció que aquellos que los utilizaron para el sexo anal fueron tres veces más propensos a adquirir gonorrea, clamidia o sífilis que los que no emplearon ninguno.

Se comprobó que este efecto fue independiente del número de parejas que tuvieran las personas o de cuántas veces practicaron sexo. También fue independiente del hecho de si utilizaban o no preservativos.

La investigadora Pamina Gorbach, de la Universidad de California en Los Ángeles (EE UU), recalcó que los resultados provinieron de un pequeño sondeo en el que participó un grupo posiblemente poco representativo y que su estudio carecía de la capacidad estadística para analizar el riesgo de varios lubricantes distintos. No obstante, un estudio realizado por Charlene Dezzutti, de la Universidad de Pittsburgh, reveló que algunos lubricantes provocaban un daño celular mayor que otros.

Estos resultados implican que es posible que los mensajes tradicionales sobre sexo seguro (“utiliza siempre preservativos y lubricantes”) haya que emplearlos con cautela, al menos hasta que estudios de mayor tamaño analicen con más detalle el riesgo aparente relacionado con los lubricantes y determinen cuáles son los menos dañinos.

El sondeo de Gorbach formó parte de la iniciativa de investigación U19 sobre microbicidas rectales, financiada por los Institutos Nacionales de Salud de EE UU [NIH, en sus siglas en inglés]. Entre octubre de 2006 y diciembre de 2008, un total de 879 hombres y mujeres del programa U19 completaron por sí mismos unas entrevistas mediante ordenador relativas a su comportamiento sexual y fueron sometidos a pruebas para comprobar la presencia de infecciones de transmisión sexual [ITS] en el recto (gonorrea, clamidia y sífilis).

Para contar con un número suficiente de mujeres que hubieran practicado sexo anal, la mitad del grupo de intervención estuvo integrado por mujeres que hubieran tenido relaciones anales receptivas al menos una vez en el último año, mientras que el criterio de elegibilidad para los hombres gays fue que las hubieran mantenido en el último mes.

Algo menos de la mitad de las personas encuestadas (421, un 47,6%) declararon haber practicado sexo anal receptivo dentro de esos criterios: 229 hombres lo hicieron en el último mes y 192 mujeres en el último año. De estas personas, un total de 302 completaron el sondeo conductual y se sometieron a todas las pruebas de ITS. Los datos restantes se refieren a este grupo.

El grupo estuvo compuesto por un 58% de hombres, y su edad fue algo superior a la registrada en muchos sondeos sexuales, siendo la mediana de unos 40 años. El 51% eran de origen afroamericano, el nivel socioeconómico medio era bajo (el 21% de los integrantes de este grupo se calificaron a sí mismos como personas sin hogar) y el 35% tenían minusvalías.

Tres cuartas partes de estas personas (230) afirmaron que habían empleado un lubricante durante la última vez que habían tenido relaciones sexuales anales receptivas. El uso de lubricantes fue menos habitual entre personas de origen afroamericano (38,5%) e hispano (58%). El número de personas con VIH que emplearon un lubricante fue superior al de personas seronegativas que lo hicieron.

Los participantes utilizaron distintos tipos de lubricante: un 67% usaron uno de base acuosa, como el KY Jelly, un 28%, uno de base de silicona, un 17%, uno de base oleica (como Crisco) y un 6%, un lubricante entumecedor diseñado para disminuir la sensación.

Uno de cada doce componentes del grupo dio positivo en la prueba para detectar la presencia de ITS rectales (el 5,6% de las mujeres y el 10,2% de los hombres). En el análisis sólo se consideraron la clamidia y la gonorrea, ya que la sífilis con frecuencia se transmite por vía oral.

Se detectó que más de uno de cada nueve (11,7%) usuarios de lubricantes tenía una ITS rectal en comparación con uno de cada 22 (4,5%) de los que no los emplearon. Esta diferencia fue estadísticamente significativa (p ≤0,05).

Más de dos tercios (68%) de las personas diagnosticadas de gonorrea rectal y/o clamidia habían utilizado un lubricante, en comparación con un tercio de las personas que no lo habían usado.

El análisis multivariable evidenció que el empleo de un lubricante estuvo relacionado con un riesgo más de tres veces superior de contraer una ITS (riesgo relativo [RR]: 3,15; intervalo de confianza del 95% [IC95%]: 1,23 – 8,04). Este resultado se obtuvo tras tener en cuenta el número de parejas, la frecuencia de la práctica sexual, el uso del preservativo, el sexo de la persona y su estado serológico al VIH. Dicho de otro modo, la utilización del lubricante no constituyó un marcador subrogado de otros comportamientos de riesgo, sino que pareció representar un factor de riesgo independiente. Cuando se incluyó la sífilis en el análisis, la relación de ITS con el uso de lubricantes fue incluso mayor.

“¿Qué conclusión debemos extraer de aquí?”, se preguntó Gorbach, quien indicó que su mensaje debería ser que las personas deben elegir los productos lubricantes con cuidado. Los lubricantes no están regulados igual que los medicamentos. Están clasificados como “dispositivos médicos” y no han sido sometidos a unas pruebas estrictas de seguridad. Muchos de ellos tienen componentes “poco adecuados” para las células que recubren el recto.

A fin de subrayar este hallazgo, otro estudio [Russo] comprobó la toxicidad de seis lubricantes que pueden comprarse sin receta en EE UU. Cinco de ellos eran de base acuosa (Astroglide, Elbow Grease, ID Glide, KY Jelly y el lubricante vaginal PRÉ) y otro con base de silicona (Wet Platinum).

Se midieron las propiedades físicas de cada lubricante. Cuatro de estos productos (Astroglide, KY Jelly, ID Glide y Elbow Grease) tenían una elevada hiperosmolaridad. Esto significa que podrían provocar que el agua contenida en las células que recubren el recto se liberara en la propia cavidad corporal.

Los lubricantes fueron probados con bacterias “positivas” que forman parte de la flora vaginal normal. Astroglide acabó con una especie de lactobacilos y KY Jelly (que contiene el desinfectante clorhexidina) hizo lo propio con todas las especies.

Los cuatro lubricantes hiperosmolares dañaron el epitelio celular (la capa externa) del tejido rectal. Por el contrario, PRÉ y Wet Planitum provocaron un daño relativamente pequeño. Astroglide causó casi tanto daño como nonoxynol-9 (el espermicida cuyo uso se demostró que aumentaba la susceptibilidad al VIH).

Como comentaron varias personas presentes en la conferencia, los resultados de estos estudios no implican que se deba aconsejar el abandono de los lubricantes durante la práctica del sexo anal, ya que ésta, por sí misma, puede ocasionar daños en la zona. Sin embargo, está claro que existe la necesidad urgente de llevar a cabo más investigación sobre los lubricantes sexuales, hacer diferenciación entre los dañinos y los inocuos y, probablemente, introducir unas comprobaciones de seguridad más estrictas antes de aprobar su venta sin receta.

Referencias: Gorbach PM, et al. Rectal lubricant use and risk for rectal STI. 2010 International Microbicides Conference, Pittsburgh, abstract 348, 2010.

Russo J, et al. (presenter Dezzutti C) Safety and anti-HIV activity of over-the-counter lubricant gels. 2010 International Microbicides Conference, Pittsburgh, abstract 347, 2010.

Traducción: Grupo de Trabajo sobre Tratamientos del VIH (gTt).

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