Compartir registros electrónicos podría, sin querer, convertirse en un obstáculo para el tratamiento del VIH y las ITS

Edwin J. Bernard

Casi dos tercios de los usuarios de las clínicas de atención del VIH y la salud sexual a los que se les preguntó sobre los registros electrónicos de pacientes y el hecho de compartir dichos registros no querían que se informara sobre dichas visitas a su médico de cabecera, según los resultados de un estudio escocés recientemente publicado en la versión digital de la revista Sexually Transmitted Infections.

El estudio sugiere que sin un importante nivel de educación por parte de los pacientes, el hecho de establecer el registro electrónico y de compartir ampliamente el mismo podría, sin querer, estar levantando barreras para acceder a las pruebas y tratamientos del VIH y las infecciones de transmisión sexual (ITS), ya que uno de cada cuatro encuestados afirmó que sería menos probable que acudiera a una clínica de salud sexual si se compartían sus registros electrónicos.

En el Reino Unido, se ha producido un debate generalizado en los medios de comunicación en torno a la seguridad de las bases de datos y los cambios en curso referentes al modo en que las distintas partes del Servicio Nacional de Salud (NHS, en sus siglas en inglés), desde los organismos que dirigen los hospitales hasta las consultas de los médicos, planean almacenar y distribuir información sensible sobre los pacientes.

De hecho, las tensiones existentes entre la provisión del cuidado clínico óptimo y la necesidad de mantener la confidencialidad constituyen un asunto crítico, según se extrae de las directrices más recientes de ONUSIDA y la Asociación Británica para la Salud Sexual y el VIH y la Asociación Británica del VIH (BASHH/BHIVA, respectivamente, en sus siglas en inglés).

Teniendo esto presente, un equipo de investigadores de la New Royal Infirmary de Edimburgo (Escocia) se propuso examinar las actitudes de los pacientes respecto a la actual tendencia de compartir la información sobre los usuarios dentro del NHS. En especial, el equipo de expertos deseaba determinar la actitud de los pacientes respecto a la propuesta de enviar cartas clínicas a los médicos de cabecera y de compartir electrónicamente la información sobre salud sexual a través de un sistema informatizado común.

El segundo objetivo del estudio era determinar la existencia de cualquier factor significativo relacionado con la voluntad del paciente de mantener la confidencialidad, cuyo nivel actualmente es más alto en las clínicas de salud sexual que en cualquier otra parte del NHS.

De un total de 800 personas que acudieron a clínicas donde se tratan problemas sexuales y el VIH durante dos semanas en la primavera de 2006, 536 pacientes (un 67%) cumplimentaron un cuestionario para saber su opinión sobre las cartas a los médicos de cabecera, el hecho de compartir datos clínicos y las suposiciones personales respecto a las implicaciones que podría tener el hecho de realizar las pruebas del VIH sobre futuras solicitudes de préstamos y de seguros de vida.

No obstante, cuando se profundizó en las preguntas sobre la actitud respecto al acceso del médico de cabecera a su información de salud sexual a través de una base de datos electrónica, sólo algo más de la mitad (291, el 55%) estaba de acuerdo, mientras que 231 (el 44%) no lo estaban. Cinco personas (1%) no respondieron.

De cualquier modo, uno de cada cuatro encuestados (128, el 24%) declaró que sería menos probable que acudiera a una clínica de salud sexual si se compartieran las bases de datos electrónicas de los registros.

El equipo de investigadores señala que una limitación de su estudio radica en que “el cuestionario no especificó detalles concretos sobre la información que se incluiría en la carta clínica al médico de cabecera (la pregunta exacta fue: “¿Deberíamos enviar de forma rutinaria una carta a tu médico de cabecera informando de tu visita a la clínica y de los resultados de cualquier prueba para que se incluya en tu historial médico?”). Así, el grado de conocimiento y las ideas preconcebidas de los pacientes respecto al propósito y contenido de la información que se proporciona en las cartas a los médicos de cabecera pueden haber influido en su grado de conformidad o disconformidad con la misma”.

Los autores indican que, para algunos pacientes, “las preocupaciones respecto al hecho de compartir información podrían ser consecuencia del miedo a la implicación que los registros de pruebas del VIH pudieran tener sobre futuras solicitudes de hipotecas y seguros de vida”. Esto es así a pesar de las directrices más recientes de la Asociación Británica de Compañías Aseguradoras, que señalan que un resultado negativo “no tendrá, por sí solo, ningún efecto… sobre los términos de aprobación del seguro”.

Asimismo, los expertos sugieren que “la educación de los pacientes podría aumentar el nivel de aceptación” sobre el hecho de compartir los registros, a través de cartas o electrónicamente. “Sin embargo, -añaden- dadas las presiones que existen sobre los servicios [de salud sexual], parece poco probable que esto pueda implementarse fácilmente en la mayoría de las clínicas”.

“Así pues, tenemos que ser cautos -concluyen los investigadores- a la hora de acometer la tarea de adoptar sistemas comunes para la mejora del servicio, a fin de no levantar obstáculos al acceso. Parece que, 90 años después de la fundación de la primera clínica de enfermedades venéreas en el Reino Unido, existe la necesidad de conservar la opción de mantener registros y sistemas de datos sobre medicina genitourinaria separados para permitir los niveles deseados de anonimato del paciente, al tiempo que se intenta mejorar la comunicación con los médicos de cabecera”.

Referencia: Fernando I and Clutterbuck D. Genitourinary medicine clinic and General Practitioner contact – what do patients want? Sex. Transm. Inf. Epub ahead of print 30th October, 2007.

Traducción: Grupo de Trabajo sobre Tratamientos del VIH (gTt).

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