Los riesgos cardiovasculares son habituales entre las mujeres jóvenes con VIH en EE UU 

Michael Carter

Los factores de riesgo de sufrir una enfermedad cardiovascular son frecuentes en las mujeres jóvenes que viven VIH en el país norteamericano, según informa un equipo de investigadores en la edición del 1 de enero de Clinical Infectious Diseases.

"Más de un tercio de estas mujeres (…) declararon tener antecedentes familiares de cardiopatías o de diabetes tipo 2, más de un tercio fumaban y menos de un tercio practicaban ejercicio con regularidad", comentan los autores.

Cuando a esto se suma la inflamación causada por el VIH y los efectos secundarios de la terapia antirretroviral (TARV), los investigadores creen que "esta población de mujeres jóvenes puede correr un riesgo particularmente elevado de padecer enfermedades cardiovasculares y otros acontecimientos adversos".

Más de un tercio de las nuevas infecciones anuales por VIH en EE UU se producen entre las personas de menos de 30 años. La epidemia en el país norteamericano afecta, de forma desproporcionada, a las minorías étnicas y raciales; asimismo, la obesidad está aumentando entre las personas jóvenes de estas poblaciones.

Como la inflamación causada por el VIH y los efectos secundarios de algunos medicamentos antirretrovirales se han vinculado con un mayor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, los investigadores decidieron determinar la prevalencia de otros factores de riesgo de padecer estas patologías entre las mujeres jóvenes con VIH.

El estudio inscribió a un total de 173 participantes entre 2003 y 2005, todas ellas con edades comprendidas entre los 14 y los 24 años.

La población del estudio incluyó a 61 mujeres sin VIH que fueron empleadas como controles.

Las mujeres con VIH se clasificaron según su tratamiento antirretroviral: tratamiento con un inhibidor de la proteasa, tratamiento con un inhibidor de la transcriptasa inversa no análogo de nucleósido (ITINN), terapia con ninguna de estas dos familias de fármacos o ausencia de tratamiento anti-VIH.

Se tomaron muestras de sangre en ayunas para controlar los niveles de lípidos, triglicéridos, glucosa e insulina. También se realizó un seguimiento de los niveles de proteína C reactiva (un marcador de inflamación que se ha vinculado con un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular).

Además, se midió la altura y el peso de las mujeres, lo que permitió a los investigadores calcular el índice de masa corporal (IMC). Asimismo, se tomaron otras medidas corporales, incluyendo la realización de escáneres DEXA [siglas en inglés de absorciometría dual de rayos X] para calcular el porcentaje de grasa corporal total.

Todas las mujeres proporcionaron unos historiales médicos personales y familiares detallados. Por otra parte, también completaron diarios acerca de su alimentación y cumplimentaron cuestionarios con preguntas referentes al ejercicio, el tabaquismo y el consumo de drogas y alcohol.

La mediana de edad de las voluntarias fue de 20 años. Entre las participantes con VIH se registró un número significativamente superior de mujeres de origen afroamericano que entre las que no tenían VIH (77% frente a 56%, p= 0,005).

El 34% de las mujeres afirmaron ser fumadoras, sin que se observaran diferencias según el estado serológico al VIH. No obstante, las participantes con VIH fueron significativamente más propensas a declarar el consumo de drogas ilegales (59% frente a 36%, p= 0,002). Además, un número inferior de mujeres seropositivas manifestaron la práctica de ejercicio de forma regular [32% frente a 53%, p= 0,005].

Muchas de las mujeres declararon tener antecedentes familiares de factores de riesgo de enfermedades cardiovasculares. El 44% de la población femenina con VIH comunicó tener un historial familiar de diabetes tipo 2; el 27%, un historial de alteraciones de niveles lipídicos y el 38%, un historial de enfermedades coronarias.

Más del 40% de la población femenina en cada grupo tenía un IMC superior a 25 kg/m2, por lo que estas mujeres fueron clasificadas como con exceso de peso u obesas.

La forma corporal no varió mucho entre las mujeres con y sin VIH.

El equipo de investigadores sugiere que se debió a que el uso de d4T (estavudina, Zerit®) -un fármaco vinculado de forma especial con alteraciones de la grasa corporal- fue bajo entre las mujeres infectadas por VIH.

Aunque el fármaco zidovudina (AZT) fue ampliamente utilizado, la duración total de la terapia antirretroviral fue corta [un máximo de 3,9 años en el caso de las que tomaban un inhibidor de la proteasa]. En consecuencia, es posible que las alteraciones de la forma corporal que pueden producirse debido al tratamiento con este fármaco aún no se habrían ocurrido.

Los niveles de triglicéridos fueron más altos entre las mujeres infectadas por VIH en comparación con las que no tenían el virus.

El tipo de tratamiento anti-VIH influyó en los niveles de colesterol. Aquellas participantes que tomaban un inhibidor de la proteasa o un ITINN tuvieron un nivel de colesterol total superior al de las mujeres sin VIH y al de las infectadas por VIH que todavía no seguían terapia antirretroviral.

Por otra parte, el nivel de colesterol HDL (o ‛colesterol bueno’) fue menor entre las mujeres no tratadas previamente con antirretrovirales y las que tomaban un régimen compuesto sólo por análogos de nucleósido [ITIN] que entre aquéllas sin VIH.

Los niveles de insulina y glucosa fueron similares entre las mujeres con y sin el virus.

Sin embargo, el equipo de investigadores descubrió que los niveles de proteína C reactiva fueron significativamente más altos entre la población femenina con VIH (p= 0,006).

Por otra parte, el 40% de las mujeres que tomaban terapia antirretroviral tenía un nivel de proteína C reactiva por encima del límite superior normal (3 mg/L).

"En resumen, los hallazgos sobre obesidad, dislipidemia e inflamación fueron importantes en este grupo de mujeres adolescentes conductualmente infectadas por VIH", comentan los autores.

El equipo de investigadores sugiere que existen diversos factores que pueden contribuir a estas conclusiones: "Además de la infección por VIH y la terapia antirretroviral, nuestros datos evidencian el impacto significativo que tienen el sobrepeso y la obesidad sobre la dislipidemia, la resistencia a la insulina y los niveles elevados de proteína C reactiva en esta población".

Cuando se añaden unos niveles altos de tabaquismo, una baja prevalencia de ejercicio y un historial familiar de diabetes y enfermedades del corazón, los autores creen que "estos factores pueden acelerar el riesgo acumulado de padecer enfermedad cardiovascular u otros acontecimientos adversos en un grupo que se enfrenta a una exposición de por vida a la terapia antirretroviral".

Referencia: Mulligan K, et al. Obesity and dyslipidemia in behaviourally HIV-infected young women: Adolescents Trials Network Study 021. Clin Infect Dis. 2010; 50: 106-1 14.

Traducción: Grupo de Trabajo sobre Tratamientos del VIH (gTt).

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