¿Por qué los hombres gays se muestran tan reacios a realizarse la prueba del VIH?

Roger Pebody

Los hombres gays y bisexuales australianos que no se han realizado la prueba recientemente creen, a menudo, que no han adoptado un nivel de riesgo suficiente como para justificar el someterse a la misma o que el impacto psicológico de un diagnóstico positivo sería demasiado grande, según informa un equipo de investigadores en el ejemplar de noviembre de 2008 de la publicación International Journal of STD and AIDS. Los autores recomiendan la realización de intervenciones de promoción de la salud que ayuden a los hombres a revalorar sus propias ideas sobre las pruebas del VIH.

Los psicólogos Ron Gold y Gery Karantzas reclutaron a 97 hombres en bares de ambiente gay de Melbourne (Australia). Las especificaciones para formar parte del estudio fueron ser hombres que practican sexo con hombres (HSH), no haberse realizado la prueba del VIH en los últimos cuatro años y no haber recibido nunca un diagnóstico positivo.

Sólo un porcentaje muy reducido de los participantes mostró la firme intención de someterse a la prueba en los meses siguientes. Tendieron a estar bien conectados con la comunidad gay y dos quintas partes habían practicado relaciones anales sin protección con más de una pareja en el último año.

Los participantes rellenaron un cuestionario y, en un bloque de preguntas, se les pidió que imaginaran que alguien les hubiera sugerido que realizaran una prueba del VIH en los diez días siguientes y que señalaran qué pensarían a raíz de tal sugerencia. Se ofreció una lista de posibles ideas, aunque a los participantes se les permitió añadir otras. Cabe señalar que sólo se sugirieron pensamientos negativos, mientras que no se incluyeron ideas referentes al beneficio que podría tener la prueba.

La media de ideas apuntadas por los participantes fue de ocho. Los dos pensamientos más habituales, indicados al menos por dos terceras partes del grupo, fueron:

  • “Realmente, no necesito hacerme una prueba, ya que no he adoptado ningún/demasiados riesgos, por lo que estoy bastante seguro de que no tengo el VIH”.
  • “En realidad, no necesito hacerme una prueba, dado que no he tenido ningún síntoma que pueda sugerir que tengo el VIH”.

A continuación, el equipo de investigadores aplicó una técnica estadística (Análisis del Factor Principal) para analizar las correlaciones entre los distintos pensamientos apuntados y reunirlos en grupos (“factores”). De aquí surgieron cinco grupos.

El primer y más importante factor agrupó diversos problemas percibidos a largo plazo relacionados con el hecho de tener el VIH. El más importante fue: “Si averiguo que tengo el virus, podría arruinar mi relación con mi novio/pareja. Es mejor no descubrirlo”. Otro pensamiento incluido en este factor fue que el novio puede darse cuenta de que su pareja no había sido monógama. Otros pensamientos incluyeron la frase “es mejor no enterarse”, y mencionaron cambios en la vida sexual, ser apartado de los amigos, depresión y estrés.

El segundo factor condensó las preocupaciones respecto a la confidencialidad de la prueba del VIH. La declaración más importante de este grupo fue: “No deseo que se me incluya en un archivo como infectado por VIH. No estoy seguro de que el resultado de la prueba vaya a permanecer en secreto”. También abundó otra declaración similar referente al hecho de ser incluido en algún listado por haber ido a someterse a la prueba.

El tercer factor aúna los pensamientos referentes a los problemas a corto plazo relacionados con la realización de la prueba, incluyendo el disgusto por las agujas y la falta de tiempo.

El cuarto factor agrupó pensamientos que sugieren que la prueba del VIH no es necesaria. Una respuesta indicaba que el encuestado no había adoptado muchos riesgos, otra que el VIH era poco habitual en el círculo social de la persona, y otra más que el que contestaba no presentaba síntomas de infección por el virus de la inmunodeficiencia humana.

El último factor suficientemente significativo como para permanecer en el análisis incluyó sólo una afirmación: “No hay una gran urgencia para hacerme la prueba. Supongo que acabaré realizándola, pero no hay prisa.”

Los hombres que habían practicado sexo anal sin protección con más de una pareja en el último año tendieron a registrar un mayor número de ideas (once de promedio) que los que adoptaron menos riesgos sexuales. Además, este grupo también presentó tasas superiores de realización de la prueba que el resto de la muestra, algo que los investigadores creen que significa que tenían cierta consciencia de su grado de riesgo.

De cualquier modo, al igual que el resto de los encuestados, estos hombres no se habían sometido a la prueba en los últimos cuatro años y su comportamiento podría significar que tenían más motivos para temer un resultado positivo. Los autores sugieren que muchas de las respuestas de estos hombres se tratan, en realidad, de racionalizaciones, y que el mayor grado de riesgo “origina la necesidad de aprovechar cualquier medio” para explicar la decisión de no hacerse la prueba. En Psicología, se entiende que la racionalización es un mecanismo de defensa a través del cual ocultamos nuestras auténticas motivaciones para explicar nuestras acciones y sentimientos de un modo que no nos resulte una amenaza.

Al analizar estos hallazgos, Gold y Karantzas sugieren que, si bien el ofrecer más información basada en pruebas respecto a la realización de la prueba y los cambios sobre los procesos de la misma podría animar a algunos hombres a realizársela con más frecuencia, no serviría para cambiar el comportamiento de muchos.

Los autores aplicaron la “teoría de las perspectivas”, empleada en Psicología y que afirma que las posibles ventajas y desventajas no se evalúan de igual forma, sino que las posibles pérdidas cobran mayor importancia que las posibles ganancias, lo que nos lleva a preferir aplazar una decisión o no cambiar una situación.

Gold y Karantzas indican que puede ser posible diseñar intervenciones que ayudarían a los hombres a entender que sus pensamientos, en realidad, son racionalizaciones.

Una posible intervención implicaría presentar a los hombres una lista de justificaciones para no someterse a la prueba y pedirles que digan cuáles comparten ellos mismos y, posteriormente, que evalúen con detenimiento lo apropiado de cada una.

Los autores, asimismo, sugieren que los promotores de la salud, en lugar de intentar en vano que los hombres aprecien los beneficios de efectuarse la prueba, pueden centrarse también en las “pérdidas”. Sin embargo, deberían intentar comprender el tipo de pérdidas que centran la atención de los hombres; no las desventajas de hacerse la prueba, sino las de no habérsela realizado con suficiente antelación.

Por ejemplo, los promotores de la salud podrían plantear a los hombres gays que se imaginen un momento en el futuro en el que, sin haberse realizado la prueba, descubren que se habían infectado hacía algún tiempo y ya no pueden aprovechar todos los beneficios de un inicio temprano del tratamiento. Los autores afirman que se ha demostrado que el abordar de este modo el “remordimiento anticipado” constituye una poderosa motivación para otros tipos de comportamientos protectores de la salud.

Referencia: Gold RS and Karantzas G. Thought processes associated with reluctance in gay men to be tested for HIV. International Journal of STD & AIDS. 2008; 19: 775-779.

Traducción: Grupo de Trabajo sobre Tratamientos del VIH (gTt).

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