Los tratamientos alternativos se emplean de forma habitual, aunque encubierta, junto con la TARV en Londres

Roger Pebody

Los pacientes del sur de África que viven en la capital inglesa con frecuencia emplean terapias alternativas, como los remedios herbales, pero los desequilibrios en las relaciones de poder con los médicos desalientan que se debata sobre su uso, según informa un equipo de investigadores en la edición digital de Social Science and Medicine.

Felicity Thomas y un equipo de colaboradores realizó una investigación cualitativa en profundidad sobre inmigrantes con VIH de Zimbabue, Zambia y Sudáfrica que vivían en Londres (Reino Unido). Un total de 70 personas participaron en once grupos de discusión focal y otros 20 participantes fueron entrevistados dos veces cada uno.

La mayoría de los participantes manifestó su fe en la medicación antirretroviral, así como su confianza y respeto hacia los médicos especialistas en VIH que les atendían.

No obstante, con frecuencia se describió el uso de tratamientos de tipo no biomédico. Entre estos tratamientos se incluyen remedios herbales enviados por los curanderos tradicionales de África, hierbas medicinales compradas en los mercados africanos de Londres, medicinas que se cree que potencian la inmunidad del organismo, sustancias que -supuestamente- aumentan el impulso sexual, y suplementos nutricionales, como la denominada Mariandina (de la que en ocasiones se ha llegado a afirmar que curaba el sida).

Algo menos de la mitad de los participantes habían empleado un tratamiento no biomédico, y las tres cuartas partes afirmaron que estarían interesados en tomar uno junto con la terapia antirretroviral (TARV) o como alternativa a la misma.

Pocas personas fueron completamente sinceras con sus médicos especialistas en VIH respecto a la utilización de estos tratamientos. A veces, esto se debió a que los médicos no habían planteado el tema, pero en general los participantes consideraron que el uso de dichas terapias estaría mal visto por los especialistas y les provocaría vergüenza, bochorno y miedo a ser censurados.

Muchos de los participantes manifestaron una fe considerable en los tratamientos alternativos, pero por lo común no consideraron que mereciera la pena abordar el tema con sus médicos.

Una mujer comentó: "Pensé que no entenderían el motivo por el que yo quería utilizar las hierbas, para qué las iba a emplear, así que por eso no se lo conté [a los médicos]".

Algunos participantes lamentaron la ausencia de estudios sobre los tratamientos africanos, algo que contrasta con la investigación más exhaustiva referente a la medicina china. Consideraron que la falta de estudios llevaba a los médicos a tener ideas preconcebidas poco informadas acerca de la seguridad y la utilidad de las terapias.

Por otra parte, algunos participantes que trataron el tema de los tratamientos alternativos con su médico se preocuparon por ir preparados a la cita médica con tantas pruebas de su eficacia como les fue posible reunir. En ocasiones, existía la percepción de que los médicos se tomarían más en serio los tratamientos en forma de pastilla o embotellados que las hierbas a granel o semiprocesadas.

A veces, los participantes no consideraron pertinente discutir acerca del uso de un producto ‘natural’. Además, algunos productos no fueron considerados relevantes para la “salud”, sino que se pensaba que actuaban sobre otros aspectos del bienestar de la persona (como la fertilidad o la sexualidad), por lo que tampoco se planteó el debate sobre su empleo.

El equipo de investigadores señala que existen posibles interacciones entre los ingredientes activos de estos tratamientos y los fármacos anti-VIH. Además, los tratamientos pueden provocar vómitos o diarrea, lo que a su vez también puede afectar a los niveles de antirretrovirales en el organismo.

Algunos participantes se mostraron recelosos de la biomedicina y la industria farmacéutica, y expresaron su creencia en teorías conspirativas sobre el origen del VIH. Esto fue muy habitual en los participantes originarios de Sudáfrica, un país donde los temas de salud han sido asociados a cuestiones como el apartheid, la explotación y la exclusión.

Se expresó la preocupación de que los inmigrantes en el Reino Unido, en particular los solicitantes de asilo, fueran relativamente impotentes frente a los médicos. Un hombre declaró:

"Algunos médicos no escuchan. El paciente les dice: así es como me siento, ¿puedo cambiar el régimen? Y ellos responden: ‘no, no, no’,  e insisten en que sigas con el tratamiento. Entonces, cuando esa persona vuelve a su casa, tiene un montón de cosas rondándole por la cabeza. Ellos piensan: yo le cuento cosas a mi médico, pero no escucha lo que le digo. Es posible que esa persona haya solicitado asilo, por lo que no puede plantarse y enfrentarse al médico. Por lo tanto, es posible que lo que haga sea abandonar [el tratamiento] o quizá empiece a buscar alternativas. Pero mientras tanto, cuando vayan al hospital no van a decir nada y este último registrará datos falsos, porque esa persona no estará tomando la medicación".

De forma más general, muchos participantes realizaron comentarios sobre los factores que limitaban su comunicación con los médicos. Existía la sensación de que los médicos tenían cosas más importantes que hacer que responder a las preguntas de los pacientes. Además, cuando los médicos respondían, empleaban una terminología médica compleja. Un hombre comentó:

"No entendía el lenguaje que utilizaban; la carga viral, el recuento de CD4… eran cosas que ellos entendían, pero yo no (…) He tomado una decisión [sobre el tratamiento], pero, para ser sincero, resulta bastante difícil tomar decisiones, porque el lenguaje que se usa con el tratamiento es nuevo".

Felicity Thomas señala que las actuales políticas sanitarias animan a que los pacientes empoderados y "expertos" tomen el control de la atención de su propia salud. Sin embargo, al mismo tiempo, los tratamientos no biomédicos elegidos por algunos pacientes son considerados como ilógicos, aberrantes y necesitados de supervisión médica.

En consecuencia, las acciones del paciente (sobre todo las debatidas en público) se ven "limitadas por la necesidad de ser considerados por los médicos -y otras personas de su comunidad- como alguien que actúa ‘de forma responsable’ y que muestra adhesión a las oportunidades de tratamiento científicamente avanzado que ofrece la biomedicina occidental".

Varios participantes del estudio buscaron la manera de eludir el monopolio de los enfoques biomédicos, pero lo hicieron de forma subrepticia.

Los autores afirman que la comprensión de lo que constituye "el conocimiento médico acreditado" o de la validez de un tratamiento puede influir en la información que los pacientes deciden comunicar -u ocultar- a sus médicos.

Por último, los investigadores concluyen que los proveedores de atención sanitaria tienen que "reconocer de forma más abierta el amplio abanico de tratamientos que existen fuera del ámbito de las ciencias biomédicas, admitir no sólo sus limitaciones sino también los posibles beneficios fisiológicos y psicológicos para los usuarios individuales, y buscar de forma proactiva el modo de garantizar que los pacientes dispongan de oportunidades (y se sientan capaces) de hablar sobre el uso de estos tratamientos, sin temor a la crítica o la censura".

Referencia: Thomas F, et al. ‘Experts’, ‘partners’ and ‘fools’: Exploring agency in HIV treatment seeking among African migrants in London. Soc Sci Med, published online ahead of print.

Traducción: Grupo de Trabajo sobre Tratamientos del VIH (gTt).

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