Las paradojas de una sociedad opulenta

Joan Tallada
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El apoyo a las vacunas del SIDA se topa con la protección animalista

Estos días me han llamado la atención dos noticias aparentemente desligadas entre sí. El sábado día 4 de junio, la edición catalana del diario El País se hacía eco de la decisión de la Audiencia Provincial de Tarragona (España) de denegar definitivamente la licencia de apertura a la empresa que pretendía gestionar una granja de cría de monos para la experimentación en el municipio de Camarles. La compañía, después de dos años de lucha legal, tendrá que cerrar o desmantelar las instalaciones. Con los animales no sabe qué hacer: ni tiene licencia para venderlos ni los grupos ecologistas aceptan que se sacrifiquen. Estos mismos grupos y las formaciones políticas locales más a la izquierda están celebrando la decisión como un gran triunfo.

Hoy, en la edición española de ese mismo periódico, se incluye el siguiente titular: “Una vacuna contra los virus Ébola y Marburg se muestra eficaz en monos.  El avance, financiado por el Ejército estadounidense, se probará en humanos en dos años”. Se trata de dos patógenos muy virulentos presentes en África; también lo está el VIH/SIDA, y con tasas de prevalencia muy altas. Otras infecciones como la tuberculosis están causando la mayor mortalidad, y otras más aún como el SARS o gripe aviar están creando alarma mundial y una auténtica movilización internacional. Para todas ellas sería necesario, vital, un bien para la humanidad, encontrar una vacuna.

Pero volvamos a Camarles, un municipio de pequeño tamaño en el sur de Cataluña, en la orilla mediterránea española. Una compañía francesa quiso instalar allí una granja para la cría de monos destinados a investigación biomédica. Los promotores obtuvieron en un primer momento los permisos pertinentes (los que ahora han sido anulados) y pese a las crecientes protestas vecinales y ecologistas consiguieron montar la instalación y trasladar unos cuantos ejemplares que tras reproducirse han llegado a ser un par de centenares. Los argumentos de los opositores locales a la granja han sido variados, desde que los animales podían dar lugar a enfermedades desconocidas (cuando es bien sabido que la principal fuente de infecciones para un ser humano es otro) a que las propiedades inmuebles adyacentes perdían valor.

Los ecologistas en concreto argumentaban que criar monos para luego utilizarlos en investigaciones era una crueldad intolerable, incluso aunque fuera con fines médicos. Este redactor asistió a finales del año pasado a un programa de televisión en el que, de una forma más bien chabacana, se discutió este asunto, y tuvo que oír cómo se defendía el despropósito de que hoy día los fármacos no hace falta probarlos en animales, ya que sofisticados programas informáticos pueden supuestamente sustituir dicha práctica. Me gustaría poder verificar si alguien, por amor a los animales, estaría dispuesto a que su hijo o cualquier otro ser querido tomaran una medicina que previamente no ha sido testada en ningún otro ser vivo, tan solo en un ordenador.

Sorprendentemente, los partidos de izquierda locales no sólo les dieron la razón sino que apoyaron activamente las movilizaciones.

A raíz de esta polémica, el Parlamento catalán aprobó una ley por la que no se pueden instalar en nuestro territorio granjas de cría de animales para la investigación. Es la misma cámara de representación que el pasado mes de febrero dio luz verde por unanimidad a una proposición no de ley de apoyo a la investigación y desarrollo de vacunas preventivas contra el VIH/SIDA (véase La Noticia del Día 18/03/05).

¿Cómo creen sus señorías que vamos a encontrar una vacuna contra el SIDA sin experimentar previamente con animales? De hecho, uno de los principales problemas científicos en la investigación de vacunas del SIDA es la falta de un modelo animal adecuado. Se suelen utilizar macacos rhesus, un tipo de monos cuyo sistema inmunológico se asemeja al humano, aunque siguen existiendo importantes diferencias. Si no pudiéramos experimentar con macacos rhesus, tendríamos que probar los prototipos directamente en humanos, lo que resultaría sin duda en un número considerable de efectos indeseables, incluida la muerte.

Es verdad: la investigación biomédica para humanos, y muy en concreto respecto al VIH, supone el sufrimiento, enfermedad y muerte de animales, un paso que a pesar a todos los avances no nos podemos saltar so pena de tener que experimentar con altísimo riesgo en humanos. La sociedad sencillamente no lo aceptaría, prácticamente nadie se presentaría de voluntario e incluso las leyes lo impedirían. 

Da que pensar por otro lado que no se oigan protestas cuando se testan antirretrovirales en ratas, en conejos o en perros. Estos animales se emplean en la determinación de la toxicidad y la búsqueda de dosis de los antirretrovirales. Capravirina, de la familia de los no análogos y desarrollado por Pfizer, vio interrumpido su desarrollo durante más de un año por la detección de vasculitis en perros a los que se había administrado a determinadas dosis. Nada de la estructura química o de las pruebas de laboratorio hacía pensar en esa posibilidad, pero así fue. Los perros fueron sacrificados, y pronto tendremos capravirina a dosis seguras, al menos a corto plazo, para humanos.

Es importante estimular el debate ético para dejar bien establecido que ontológicamente la vida de un ser humano es superior a la de un animal. De hecho, si durante un naufragio, alguien salvara a su gato antes que a su madre, no sólo le tacharíamos de inmoral sino que sería llevado ante la justicia para que fuera condenado por omisión del deber de socorro.

Eso no significa que no haya límites: de hecho, los mamíferos con un sistema inmunológico más semejante al del ser humano no son los rhesus, sino los chimpancés (y por tanto los más provechosos para la investigación en vacunas del SIDA, por ejemplo), pero nos conformamos con los primeros por, entre otras cosas, motivos éticos.

Dice el ensayista francés Gilles Lipovetsky que nuestra opulenta sociedad del Norte exige cada vez más cosas pero no está dispuesta a pagar el precio por ellas. Por eso hay quien desde el privilegio que da el acceso a los cuidados de salud más sofisticados se permite defender imaginarios derechos de los animales en perjuicio de la vida de otros seres humanos. Claro que éstos nos quedan allá por el Sur, tan lejos.

Fuente: Elaboración propia. 

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