El VIH no es un juego pero se puede ser feliz con él

Ricardo

No debería estar relatando esto, y no lo comento para confundirlos, sino más bien porque, simplemente, el año pasado estuve a horas de fallecer, dejando toda mi historia personal en el recuerdo de las personas que me quieren, o bueno, que me querían hasta ese entonces, porque, debo confesarles que, a la fecha, ya muchos se fueron de mi vida tras conocer mi diagnóstico.

Y sí, como han de suponer, me detectaron tarde, más bien demasiado tarde, que era portador de VIH y estaba en fase de sida. Recuerdo que esa semana me sentí horriblemente cansado, sin hambre y con un dolor extraño en mis piernas, tanto que, el día que colapsé, no pude ni siquiera ponerme de pie para ir al baño. Suerte la mía que, justo se encontraba en casa mi amigo y compañero, quien me tomó en sus brazos y corrió conmigo hacia una clínica para enterarme de lo inevitable: tenía VIH y, lo peor de todo, estaba a poco de morir.

Mi diagnóstico era severo, el VIH había facilitado que una enfermedad oportunista se apoderara de mi cuerpo, convirtiéndose entonces en un mal enemigo que solo me permitiría despedirme de unos pocos, sin siquiera dejarme espacio a la reflexión ni pedir disculpas a quien alguna vez ofendí con mis actos.

Zóster se llamaba el virus que me atacó por la espalda. De alguna manera se las ingenió para colarse en mi sistema inmunitario provocando lesiones graves en mis piernas, manos y rostro, a tan gran velocidad que estuvo a punto de llegar a mi cerebro, por lo que tenía como pronóstico quedar con un serio daño neurológico que me convertiría en un ser humano dependiente -en el mejor de los casos- o me llevaría a morir como consecuencia de la fase de sida en que me encontraba debido a los muy bajos niveles de células CD4 que había en mi cuerpo.

No recuerdo bien, pero creo que fueron 22 días los que pasé con una fiebre que me dejaban en un estado de delirio constante, inconsciente muchas veces. Incluso según mi infectóloga llegué a tener 42 grados de temperatura y, según mi opinión, morí unos minutos porque, como muchos dicen, caminé por ese túnel y llegué a un sitio tan acogedor que, en verdad, daban ganas de quedarse ahí, pero es tema para otra historia.

Pasé largos meses en hospitalización, entre exámenes, remedios carísimos, intervenciones quirúrgicas para sanar las heridas de la varicela zóster y tuve una depresión horrible que se generó por enterarme que estuve a punto de fallecer, lo que provocó una pena enorme a mi madre y mi familia. Creo que a nadie le gustaría saber que tiene un diagnóstico coloquial de “peleable” pero sin esperanzas, como fue mi caso, ni mucho menos enterarse, a peor manera, de que quien te infectó de VIH fue la misma persona que prometió amarme y cuidarme tiempo atrás.

Ya pasó un tiempo y, tras mi hospitalización, quedé con 35 kilos de peso, episodios digestivos graves, entre inapetencia, náuseas y vómitos (ya superado) y una discapacidad motora y vértigo que, a día de hoy, no me permiten caminar bien por la calle.

Escribí este texto para que las personas puedan tomar conciencia de que el VIH no es un juego. Que algunas personas pueden experimentar episodios graves en su vida y aun así sobrevivir, pero que es más probable que sea la misma muerte la que acabe con sus vidas como consecuencia de no realizarse el test de ELISA, o simplemente abandonar el tratamiento. Creí ser responsable, fiel, buen amigo, hijo y hermano amoroso, con una carrera profesional buena y aun así me tocó vivir esta experiencia. No tengo rencor al VIH ni a quien me lo transmitió, solo hago la autocrítica de que fue mi responsabilidad y de nadie más no tomar las precauciones. Y sí, se puede llevar una vida normal y sobre todo ser feliz siendo seropositivo, al menos yo lo soy, a pesar de todo.

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