Testimonio: Vamos al cielo con ella

Jaime

Mi historia comenzó el año 2003, cuando junto a mi esposa esperábamos nuestra primera hija. Todo fue muy bien hasta que, al quinto mes de embarazo, nos notificaron que mi mujer había dado positivo en su  análisis de VIH. Nos bloqueamos y no lo quisimos creer. Me examinaron la sangre y, por supuesto, también dio positivo. Por recomendación médica, no le contamos a nadie de nuestro entorno lo que nos pasaba.

Tuvimos que trasladar los controles a otra ciudad más grande. Fue entonces cuando comenzaron las mentiras a nuestras familias. Fue una pesadilla, no sabíamos qué hacer. En un viaje a la capital, me dejé una agenda con documentos que tenían nuestra información médica, y mi mamá, que ya no aguantó la curiosidad por saber qué estaba pasando, lo revisó todo y lo descubrió.
 
Cuando volvimos del viaje, mis familiares nos recriminaron y comenzaron a buscar culpables. Fue tremendo. Tuvimos que irnos de donde estábamos viviendo. Mis abuelos nos recibieron en su casa, donde instalamos una vivienda de emergencia y empezamos de nuevo. Todo esto sirvió para mantenernos más juntos que nunca mi esposa y yo. Decidimos que estaríamos juntos hasta el final, sin culparnos nunca el uno al otro por lo que había pasado, sin importar lo que dijeran las familias. La mayoría nos abandonó y nos quedamos solos.
 
El año 2004 nos casamos por la iglesia para reforzar nuestro amor y bautizamos a nuestra hija que, gracias a Dios, nació sanita. Lamentablemente, el tratamiento fue muy difícil de asimilar por mi esposa y a mí me faltó ser más insistente y tenaz en concederle la importancia que tenía para nuestra supervivencia. Por periodos, me dejé llevar por mi esposa, que me decía que no tomáramos más pastillas, que estábamos bien y que no las necesitábamos, pero fue un gran error. Solo cuatro años después de ser diagnosticados como portadores del VIH, mi esposa comenzó a deteriorarse de forma muy rápida. Intentamos que retomara el tratamiento, pero ya era demasiado tarde: no dio resultado.

Lo que me tocó vivir con ella en su etapa más crítica todavía me causa mucho dolor. Falleció a principios del mes de enero del año 2008, tras una agonía terrible y un sufrimiento que no merecía. Desde entonces han pasado ya cuatro años y medio, y yo no puedo vencer el miedo que me atenaza.

Desde ese momento le tengo pavor al dolor que voy a experimentar cuando esté cerca de la muerte y no sé si voy a tener el valor de esperarla. Lo que más me angustia es ver todos los días a mi hija cómo extraña a su madre e, incluso, me dice que por qué no nos vamos al cielo con ella parar volver a ser una familia de nuevo.
 
Tengo miedo de lastimar a mi hija, es lo más hermoso que me dio la vida y no quiero que se quede sola sufriendo. Por favor, si alguien puede responderme y decirme qué hacer le estaría agradecido.
 
Gracias.

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