Una nueva normalidad con el VIH

Iván

Hola, me llamo Iván, tengo 37 años y el día 6 noviembre 2020 sentí que mi vida se venía abajo. Ese día me enteré de que estaba infectado por el VIH. Cuando me dieron la noticia, sentí literalmente que todo mi mundo se iba por un agujero en el piso, quedé sordo por unos minutos y un miedo indescriptible recorrió cada célula de mi cuerpo.

Recuerdo que me llamaron de un laboratorio para que fuera a por los exámenes. pues debía ir personalmente. Yo presentía que algo no estaba bien. Al llegar, escuché la noticia y salí corriendo, me subí al carro y, sin pensarlo, tomé una vía que conducía a un lugar alejado y solo. Miraba al cielo y me preguntaba qué iba ser de mí, ¿por qué a mí? No podía estar infectado. No tenía cabeza para nada más. No sentía mis pies y no sabía cómo podía manejar y ver el cielo, como reclamándole a Dios por haberme dejado solo.

Llegué a casa y, solo, me acosté en la cama, desde las 3 pm hasta el siguiente día. No pude pronunciar palabra, no comí y al cabo de año estuve una semana con las noches de pesadilla más feas del mundo. Me levantaba pensando que era un sueño, pero no, al abrir los ojos, veía la realidad y lloraba, me pegaba… Fue ahí cuando comencé a darme cuenta de que estaba en una realidad tan fea y había quedado atrapado en la peor de las pesadillas reales que alguien pueda pasar.

Aunque no es una sentencia de muerte, es una sentencia a la discriminación, al asco, al miedo, al que dirán, a tener que explicarlo a tu familia, a no saber qué va a pasar, a no saber cómo afrontar la situación en tu casa, en tu empleo, en tu vida diaria. No sabes cómo será tu nueva vida, es casi equivalente a estar muerto, pero viviendo, y eso se convierte en una carga tan pesada que no es fácil de sobrellevar.

Pasado ese mal momento, llega uno peor y es cuando te das cuenta de que esto es irreversible. Tus creencias religiosas te juegan una mala pasada, te sientes acusado, señalado, abandonado, sientes que tu Dios te dejó y que, de ahora en adelante, tendrás que valerte por ti mismo y que solo cosas malas llegarán a tu vida.

La depresión, el sentimiento de vacío, las terribles ganas de abandonarlo todo, ganas de autoeliminarte, de no hablar con nadie, de aislarte y de sentir que no vales nada, te invaden la mente y te juegan en contra. Uno no alcanza a entender cómo podremos vivir con este estigma, te sientes encerrado en un lugar sin luz, todo es oscuro, es un viaje a un pozo profundo y sin fin al cual no quieres ir, pero te tiraron y ya no hay vuelta atrás.

No había vida. Hacía unos meses me sentía lleno de planes y hoy lo que creía que eran mis planes, ya no están. El hecho de pensar en ir al médico para que me mediquen, el hacerme un examen de laboratorio, ir a esos lugares… es tan traumático que prefiero que nada de eso pase y quisiera irme de la vida corriendo. Pasar por eso es humillante, sobre todo por la forma en que se aborda el tema y la carga de estrés que se vive en esos momentos recién diagnosticado.

En mi caso, desde el 6 de noviembre 2020 en que lo supe [en que conocí que tenía el VIH] hasta el 24 marzo 2021 no pude completar los procesos y exámenes necesarios para poder ser medicado. Un proceso eterno, largo, duro, cruel y calificado por mí como la peor experiencia que he podido vivir.

Una vez se pasa todo, uno puede sentirse más relajado, en mi caso, gracias a Dios, los exámenes salieron bien o mejor de lo que esperaba. Mis CD4 estaban por encima de 600 células/mm3 y la carga viral en 100 copias/mL. Solo me recetaron un medicamento y realizarme un control cada dos meses. Al llegar al control del segundo mes, la prueba de carga viral registró menor 50 copias/mL y eso me llenó de alegría. Iba por buen camino.

Hoy, mi vida está en proceso de cambio. He optado por buscar a Dios en medio de esta prueba. Después de tanto pelear con él, siento que lo he encontrado, mi relación ahora es más cercana, me permitió seguir con mi familia, continuar en mi trabajo con mis labores sin problema. Mi vida cotidiana es normal, aunque debo decir que hay días en los que la depresión regresa y decaigo, pero debo decir también que hay días en los que no me acuerdo de que ese virus está en mi cuerpo, días en que lo paso tan bien y tan normal, que siento que no estoy enfermo. Es una montaña rusa de emociones, buenas y malas.

En mis días de recién diagnosticado, lloraba a diario y peleaba con Dios. Le reclamaba, le gritaba y llegué a pedirle que me matara. En mis días más oscuros compré unas pastillas para tomármelas, porque quería acabar con mi vida. No fui capaz de tomarlas.

Hoy estoy seguro y siento que todo este proceso tendrá un propósito especial para mi vida y que al final saldrá algo bueno para mí. Aún no he escrito el final de esta historia, porque todavía sigo en proceso de avanzar y superar esta nueva vida, esta nueva normalidad. No puedo decir que sea fácil, no puedo decir que sea bonito todo el proceso, pero en cierta forma hay que tener presente que Dios no nos ha abandonado, está con nosotros, aunque esta prueba sea la más humillante del mundo, aunque la pena y las ganas de morir nos acechen, no hay que angustiarse, se debe confiar en que todo va a ir mejorando con el pasar de los días. Confiar en que Dios nos sigue ayudando con este problema, aunque se sienta que es una prueba que parece interminable, mañana se podrá continuar con la vida. Solo hay que confiar, esperar.

Estas experiencias amargas y oscuras siempre nos ayudan para eliminar cosas de nuestra vida que no nos sirven. Esas cosas, personas y actuaciones que nos llevaron a ese lugar oscuro, lugar del cual nosotros somos los llamados a iluminar. Cada uno de nosotros somos la luz que ese lugar requiere. Por eso debemos ser valientes. Somos los guerreros que Dios escogió para llevar esta luz a ese lugar. Aunque sea pesada la prueba, Él sabe que no hay nadie más en el mundo que pueda haberlo hecho mejor que tú.

Ánimo.

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