Testimonio: Otro sabor de boca

Sergio

Mi historia es parecida a la de todos/as. Por una mala decisión, o como queráis llamarla, cogí el VIH, y bueno, dentro del lote también venía la hepatitis C, que ya no tengo, porque seguí el tratamiento y, a pesar de las muchas dificultades que me pude encontrar, gracias a lo que sea, todo fue bien.

Así que ahora sólo tengo el VIH y, la verdad, no es que no tenga miedo a la muerte, pero hay peores enfermedades y no se quejan las personas que las sufren. Yo sí he visto morir en mis manos a mi hermano mayor, y por este mismo demonio, pero la vida es la que nos toca y hay que disfrutarla, aun a sabiendas de que no es tan fácil como aquí quiero expresar, y lo sabéis.
 
Pero sí que hay que tratar de no darle vueltas a lo que no las tiene y mirar con optimismo el hecho de que un día, esperemos que muy cercano, se acabe nuestra agonía, ya sea por el remedio y por la enfermedad en sí. Os diría que intentéis vivir el día a día lo mejor posible, sin importaros nada ni nadie, porque, al fin y al cabo, es vuestra vida y ésta la domináis vosotros, nadie más. Desde que alguien os dijo que estabais condicionados a algo, ese día deberíais haberos planteado mayores retos que los que teníais, ya que hay miles de personas que se cambiarían por vuestro lugar sin pensárselo dos veces. Y eso es ser un poco egoísta, me refiero a mirar por uno mismo. Siempre hay que ser humilde y saber que, en cualquier momento, le puede tocar a uno el mismo castigo que a su enemigo.
 
De este modo, hace que tengo el VIH ocho años y sigo pensando que no podrá conmigo hasta que yo no me rinda. Y esto, claro que podría pasar, pero por otros motivos, no por éste en especial. Me alegra que os decidáis a contar vuestras historias y a darle otro sabor de boca a esta amargura que, sin lugar a dudas, es muy destructiva. Tengo amigos que no han durado ni el principio de esta enfermedad, pero ya de antemano se opusieron a que a ellos no les podía estar pasando, y eso es duro como la vida en sí; nadie dijo que fuera fácil vivirla.
 
La enfermedad no entiende de ricos ni de pobres y tampoco de culturas, así que nosotros sí tenemos que entenderla a ella, de lo contrario estaremos en un pozo sin fondo.
 
Espero que con esta pequeña pincelada de mi corta historia, ya que tengo 34 años, lleguéis a pensar que valéis más de lo que os puedan decir los papeles y las cifras de la sociedad.
 
Con esto me despido, no sin antes daros los mayores ánimos que pueda desearos a todos/as.

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