No me cansaré de decirle al mundo lo que soy

Antonio

Vivo con VIH desde que tenía 17 años y he cumplido recientemente los 27. Lo que para muchos serían diez años de vida, a mí me da la impresión de que han sido 50. Lo peor de una enfermedad no es ella en sí misma, sino sostenerla solo, aunque lo mío fue por decisión propia. No se lo conté a nadie, ni a mi familia.

En aquel momento, era un magnífico estudiante, pero tal vez la repentina muerte de mi padre y el abuso sexual sin escrúpulos que recibí con trece años me empujaron a conocer un mundo en el cual no debería haber hueco para un muchacho tan joven. Recuerdo cómo el doctor abrió una carpeta: ahí estaba mi ficha y el resultado. No le dio tiempo a articular palabra alguna cuando ya lo leí yo. Desde ese momento, me convertí en lo que ahora soy: un tío fuerte pero a la vez vulnerable. Esas cuatro horas que pasaron desde que entré en el hospital hasta que salí fueron muy duras, pero peor fue enfrentarme al mundo al salir del centro sanitario.

Me sequé las lágrimas y saqué fuerzas de donde no las tenía para llegar a casa y que no notaran nada, aunque mi cara y mis ojos lo decían todo. Aún no sé cómo, al mirar a mi madre, no rompí a llorar, pero no lo hice. Empezó entonces la lucha. Visitas al médico, pruebas y más pruebas. Intenté llevarlo todo lo mejor que pude, pero me era imposible llegar a clase, sentarme como mis compañeros, prestar atención y mucho menos concentrarme si tenía que estudiar. Muchas mañanas salía de mi casa en dirección al instituto, pero ni siquiera pasaba por la puerta. Me ponía los cascos con música y me iba a andar por zonas tranquilas de la ciudad, donde podía llorar tranquilamente sin que nadie me viera. 

Pasé las pruebas que tenía que pasar en el hospital y me dijeron que, de momento, no necesitaría ningún tipo de tratamiento. Empecé a trabajar en unos almacenes, lo cual me ayudó bastante, no solo por tener otro tipo de rutina, sino por relacionarme con gente mayor que yo y por darme la libertad que te proporciona tener un sueldo.  

Físicamente me encontraba bien, aunque empecé a adelgazar un poco, lo que, siendo ya delgado, me acomplejó bastante. Comencé a leer y a documentarme sobre el VIH, pero en vez de ayudarme para aclarar mis miedos, empeoró mi situación. Así que dejé de hacerlo. En aquella época, lloraba mucho y sentía un desasosiego constante, que solo supe paliar empezando a fumar. Al cabo de un año, me salió una manchita en el brazo, pero no le di importancia. En unas semanas, tenía manchas por todo el cuerpo. Me quedaba un mes y pico para mi control en el hospital, pero me asusté y pedí cita por adelantado. Al llegar al centro sanitario, me asustaron más de lo que estaba, me hicieron fotos en la piel y el médico llamó a otro doctor para que me hiciera una biopsia en una de las manchas. Me dijeron que me habían bajado las defensas y que me tendrían que dar tratamiento. Empecé a tomar dos pastillas por la noche, antes de dormir. Supongo que cada persona tendrá una forma de asimilar el tratamiento, pero mis primeros días fueron horrorosos.

Todo aquello lo viví como buenamente pude. Los seis meses que pasaban entre revisión y revisión los empecé a llevar bien, solo había una cosa que me desmoronaba por completo y era entrar en esa sala del hospital en la que había un cartel muy grande en la puerta donde ponía "Infecciosos". Leer aquello y ver a la gente que me encontraba dentro no me hacía sentir bien conmigo mismo. No es que me avergonzara, simplemente me sentía excluido.

En la actualidad, ya con todo aquello medio superado, me enorgullezco de la forma con la que hice frente a esa situación, pero puedo decir que mi problema en el fondo no es convivir con una enfermedad que, al fin y al cabo, no me supone ningún tipo de problema físico, sino la consecuencia que puede tener a la hora de encontrar pareja. Siempre ha sido mi sueño encontrar a alguien con quien pasar el resto de mi vida, lo que hasta hoy me está siendo muy difícil.

Tras varios intentos fallidos, pensé que lo mejor sería encontrar a alguien en mi misma situación -seropositivo-, pero dos personas no se pueden amar por el simple hecho de ser iguales, así que tampoco funcionó. Pese a ello, no cesé en mi empeño y estuve cuatro años con una persona a la que amé muchísimo y él a mí. Aceptó, desde el primer momento, lo que me condicionaba. Lo achaco a que era 17 años mayor que yo. Pero la convivencia no fue bien y terminamos. Aprendí mucho de esa relación y me aportó muchas cosas buenas, pero también me dejó hundido.

Poco a poco, he ido saliendo de esa "medio depresión" causada por esa ruptura, pero cada vez me he tenido que enfrentar a la realidad de sentirme rechazado por alguien cuando cuento que soy portador del VIH.

Creo en la gente, respeto y amo cuando tengo que amar, y sobre todo no juzgo a nadie por ningún aspecto de su vida, siempre y cuando no haga daño a los demás.

No sé si el VIH/sida tendrá cura algún día, lo que sí me gustaría es que tuvieran cura ciertas actitudes de la gente. Pero, claro, qué fácil resulta eso de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.
   

 

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