No he dejado de vivir, solo empecé a vivir como debí hacerlo hace mucho tiempo

Apasionado

Tengo un cierto sabor frío en la boca al escribir estas líneas, pero lo hago con la esperanza de ayudar a más gente.

Si están leyendo esto, es porque naturalmente soy portador de VIH. Para darles un mejor panorama de mi persona, les contaré sobre mi vida antes de la infección:

De niño era como cualquier otro. Es más, mi sexualidad no fue nunca un problema hasta los 13 años, donde me cuestionaba ser bisexual. Pero, como tenía mucho que estudiar y además siempre me he considerado religioso, no me parecía una prioridad.

Antes de cumplir 19 años fui víctima de un asalto. El sujeto ya merodeaba por la comunidad unos meses antes pero no me percaté de ello hasta que me tendió una trampa.

Un día me vio salir de la iglesia y me dijo que su madre estaba enferma, que necesitaba ayuda. Yo, ingenuamente lo seguí. Pero fue un engaño. Me forzó y me obligó a hacerle una felación después de robarme. Yo sabía que estaba en clara desventaja física pese a haberme defendido y decidí actuar en el rol de sumiso para salir vivo de ahí. No hubo penetración.

Pasado el tiempo, más de un año, me hice la prueba. Negativo. Tenía calma.

Luego, en la universidad, a raíz de una crisis académica pude resolver muchos asuntos pendientes. Mi objeto del deseo aún no era claro así que decidí aventurarme. Lo hice con cautela, pues desde la escuela me sabía al dedillo los medios de infección de VIH. Conocía bastante como para tomar una decisión así, pero con lo que no contaba era que yo cada vez más me inmiscuiría en tener varias parejas. Me convertí en lo que yo no deseaba ser y un día, después de visitar una sauna de ambiente, antes de cumplir 25 años, me dejé penetrar y el condón se estalló. Tarde me di cuenta.

Llevaba más o menos un año sin hacerme la prueba pero siempre fui lo más precavido, sabiendo que una microfisura en un condón basta para una transmisión. En fin, fui a hacerme la prueba porque a una semana de cumplir 25 tuve una infección muy seria y notaba cosas raras en mi cuerpo: perdí mucho peso, mis amígdalas estaban llagadas, tenía diarrea y hasta una caspa incontrolable. Se me confirmó el diagnóstico por Western blot en abril del 2016 y sólo pensaba en una cosa: empezar tratamiento ya.

Fue un proceso catártico y doloroso también, porque de feria, el fatídico día que fui a la sauna fui víctima de hurto: alguien vació mi casillero llevándose mis bienes. Pasar por la vergüenza de sincerarme con mi padre, a quien mi madre le había insinuado que yo era "diferente", traicionando mi confianza y hacer la denuncia con la fútil esperanza de que al menos el celular que había recibido la navidad anterior no lo pudiera gozar el responsable.

Con todo esto, siguió un mes de llanto y no saber si mi cuerpo sería capaz de seguir vivo, pues siempre fui muy prono a enfermarme aun siendo negativo.

En abril pude empezar mi tratamiento, breves días después de recibir el resultado de la Western blot. Durante el primer mes el antirretroviral que tomaba en la noche me ponía a sudar, me mareaba fuertemente y me provocaba sueño.

En este proceso fue de mucha ayuda recuperar lo que de niño me hizo feliz y me libró de muchos problemas: ser casto.

No se engañen. Aún soy un hombre buscando dominar sus pasiones y de momento me aterra estar con alguien y que ocurran dos cosas: infectar a mi pareja o infectarme con algo más o incluso algo peor. Si formo una vida con alguien, no quiero sacar ventaja de su lujuria ni nada por el estilo.

Quiero hacer lo que no conseguí antes de infectarme, entablar una relación a largo plazo por quien soy y no por mi cuerpo. Que esa persona me acepte.

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