Testimonio: Gente buena y excepcional

Albert

Hace aproximadamente un año todo se torció. Me echaron del trabajo por motivos de salud. Llevaba un añito odioso, con vómitos, pérdida de peso, oposiciones perdidas después de haberlas preparado muy bien; de hecho, tres malditas letras echaron por la borda todo el trabajo, cuando debería haber sacado la dichosa plaza con una nota altísima. Pero bueno, yo lo achaqué todo al estrés.

Después de no querer ir al médico, mi mujer me dio un ultimátum: o iba al médico, o la perdía para siempre. Ese último día de septiembre, me dijeron en Urgencias del hospital: "Vamos a dejarte ingresado para ver qué es lo que te pasa". Mi mujer, mi ángel de la guarda, insistió hasta que me ingresaron.
 
La analítica que me habían hecho en Urgencias daba unos resultados muy inquietantes. Me volvieron a hacer analíticas. Recuerdo el día que me dijeron que tenían que hacerme la prueba del VIH. Ese mismo día me dieron los resultados de la primera prueba: dio positivo. Fue la noche más larga y dura de mi vida, solo en el hospital, aislado, pues el Mantoux había dado positivo. Sólo me preguntaba, ¿por qué a mí?

A la mañana siguiente, recuerdo las palabras de mi ángel de la guarda: "Bueno, no sabemos lo que tienes, pero sí lo que no tienes… sida". Ahí no pude más. Lloré y lloré desconsoladamente, la mire, y ella, llorando, me dijo: "No es posible". En ese momento, prometimos ser fuertes, y seguir siempre adelante, juntos. Menos mal que ella dio negativo.

Un mes después, comencé el tratamiento con Atripla. Tenía una carga viral de un millón de copias/mL y 50 CD4.
 
Ahora, diez meses después, ya no fumo, no tomo alcohol y tampoco, por supuesto, ningún tipo de sustancia estupefaciente. Tengo la carga viral indetectable y 400 CD4. A mis 40 años, voy a comenzar a estudiar una carrera. Sobre todo, tengo muchas ganas de vivir: para mí, para otros, y especialmente para mi mujer, que es lo más importante de mi vida.

Desde aquí, quiero dar las gracias al fantástico equipo humano del Hospital Morales Meseguer, desde el Dr. Bravo a Cari, la enfermera más maravillosa del mundo, a las chicas de enfermedades infecciosas, que me atienden siempre con una sonrisa dibujada en la cara, y a todos, absolutamente a todos los que trabajan en este centro y que hacen que me haya dado cuenta de que todavía hay mucha gente buena y excepcional en el mundo.

Ánimo chicos y chicas, que nuestro mundo no se acaba aquí, tenemos muchas cosas buenas que ver y disfrutar.

Un abrazo para todos y todas.

Un ser humano muy feliz.

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