Testimonio: Esa paz interior

Antonio

A principios de 2010, me encontraba trabajando en Puebla (México). Por aquellos días, había un frente frío casi a nivel nacional; fue de las épocas más frías que he vivido. Comencé entonces con una tos terrible, que fue creciendo y que me duró poco más de un mes. Me recetaron infinidad de cosas.

Cedió el malestar y, en marzo, comencé con un dolor muy intenso a nivel de las costillas, que corría hacia la espalda; era muy fuerte. Pensaban que era una infección en las vías urinarias. Finalmente, mi doctora me solicitó una radiografía de tórax. Me detectaron un derrame pleural muy severo. La capacidad de mi pulmón izquierdo se encontraba a un 20%. Entre marzo y mayo perdí casi 15 kilogramos. La doctora pensó que era a causa de un cáncer pulmonar y me recomendó que fuera a un hospital especializado en enfermedades respiratorias. Fui a una cita el 4 de mayo, y desde ese día me quedé internado. Permanecí un mes completo allí con un diagnóstico de tuberculosis pleural y VIH.

El 12 de mayo me lo comunicaron. Con frialdad, el doctor me dijo: "Antonio, el examen de ELISA realizado dio positivo, eres VIH positivo y necesitamos saber si eres homosexual activo o pasivo". Me quedé helado, sin poderme mover. Desee despertar de lo que yo creí era una pesadilla. Había tres médicos junto a mi doctor. Lo escuché de nuevo: "Antonio, ¿eres homosexual activo o pasivo"? Lo miré fijamente y le contesté: "¿Solo los homosexuales activos o pasivos contraen el VIH/sida?". Una doctora que lo acompañaba se acercó a mí y me cogió de la mano. Me pidió que tomara asiento y les pidió a los otros médicos que salieran. Cuando salieron, yo me derrumbé en el llanto, no podía contenerme. No sé cuánto tiempo pasó; mi mente me trajo al presente encuentros, parejas, aventuras… La doctora no soltó mi mano y, cuando pude tranquilizarme un poco, escuché que dijo: "Falta una hora para la visita, ¿no querrás que tu familia te vea así?". Logré calmarme.
 
Hasta ese día, yo no sabía nada respecto al VIH. Era un ignorante sobre el tema, pues lo asocié con la muerte. Fueron días terribles, inimaginables, y cuando me remitieron a los especialistas en este tema, yo tontamente les dije: "Hubiera preferido que fuera cáncer". Y la especialista aseveró: "No sabes la estupidez que acabas de decir. La gente se muere de cáncer pero no de VIH. El VIH no es igual al sida". Y desde ese momento quise saber más. El proceso fue muy difícil y doloroso.
 
Salí a los 30 días exactos del hospital, pues me hicieron una biopsia ya que deseaban descartar un cáncer pulmonar. Por fortuna, solo tenía tuberculosis. Estuve en tratamiento y me curé de esa enfermedad. A pesar de mi pérdida de peso y mi estancia en el hospital, mis CD4 comenzaron en 1.128. Los especialistas me comentaron que mi tuberculosis no había sido provocada por el VIH, que se trataba de un caso excepcional, seguramente hacía muy poco tiempo que había contraído la enfermedad.
 
Han pasado ya dos años y tres meses, y hasta la fecha no he comenzado a tomar antirretrovirales. Mis CD4 estaban hasta hace 15 días en 1.290. Hace tres meses, ingresé en un protocolo de investigación, ya que para los doctores mi caso sigue siendo excepcional, pues mi carga viral se ha reducido respecto al nivel con que inicié el proceso, y sin medicación esto aún es más extraño para los especialistas. Al parecer, tengo un futuro largo, mi organismo parece que está derrotando al virus. Es un decir… Me cuido mucho ahora; me someto a constantes chequeos. Emocionalmente, a pesar de estar más o menos con la salud bajo control, todavía no estoy demasiado bien. No he vuelto a tener una pareja, una relación, y mucho menos una aventura. Psicológicamente no estoy al cien por cien.

Cambió mi vida, mi entorno, mis amistades. Renové espacios, atuendos, libros, recuerdos, y todo aquello que me caracterizaba a mis 32 años. Hoy, con 34, sé que la batalla es muy larga, que será difícil, y sé también que, en algún momento, debo relacionarme y volver a enamorarme. No sé, espero que llegue, no lo busco. Pero, definitivamente, me hace falta.
 
Mi madre y solo uno de mis hermanos saben lo de mi enfermedad. Fue terrible confesarles que tenía VIH. Primero se lo conté a mi hermano, pues leyó la nota del alta y me preguntó: "¿Por qué dice VIH?", a lo que respondí: "Porque tengo VIH/sida". Y sus ojos se humedecieron y, antes de que le saltara la primera lágrima, le dije: "NO llores, si no lo hago yo, tú menos. Por mi madre, te pido que te contengas, ya te explicaré con más tiempo". Con el paso de los días, pude hablar con él y lo tranquilicé. A los dos meses, hablé con mi madre, porque, obviamente, ella notaba mi semblante.

A los padres jamás los podremos engañar, pues nos conocen a la perfección. Así que un día se lo dije. Empecé pidiéndole perdón. Tenía que hacerlo porque yo sabía que, al momento de explicárselo, su vida también cambiaría. Ahora, ya no le veo esa tristeza que tenía los primeros meses. Jamás he llorado en su presencia, porque siempre he deseado que me vea fuerte. Mis momentos de debilidad los he pasado solo, o en mis viajes, frente al mar o en paisajes cálidos y muy coloridos.
 
No sé qué pasará el día de mañana ni cuánto tiempo más tendré la fortuna de seguir como hasta ahora respecto a la salud. Solo espero algún día encontrar esa paz interior que me permita de nuevo sentirme lleno y poder enamorarme.
 
Gracias por este espacio.

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