Testimonio: He llevado en silencio mi “secreto”

Anónimo

Nací con la Transición y la Democracia. Nuevos tiempos llegaban a nuestro país… Empezaba la libertad social. Fui un chaval normal, de clase media, con padre y madre trabajadores, educado y de carácter introvertido.

Desde pequeño, sabía que yo era diferente (en aquella época claro, ahora hubiera sido “normal”). Siempre supe que mi opción no era la común, que no era la misma que la de los demás; mi opción sexual era distinta.
 
Por aquel entonces, ser bisexual era ser “maricón”. Lo mantuve en silencio. Llevaba una vida corriente, con amigos habituales. Hacía lo mismo que todos. Con 16 años empecé a salir, a divertirme con mis amigos y amigas, y a experimentar lo mismo que todos (ni más ni menos): emociones, sensaciones, sentimientos, sexo… Como los demás.
 
Con 18 años, seguía estudiando y comencé a trabajar. Todo era normal hasta que un día ocurrió. Exactamente no sé cómo ni cuándo ni dónde, pero sé que pasó. Mi vida transcurría con normalidad hasta que empecé a notar molestias. Me    cansaba más que nunca, sudaba por las noches, tenía fiebre. Pensé que era la gripe y que ya se pasaría… pero nada. Transcurrió el tiempo y la fiebre pasó.
 
Comencé a notar bultos en mi cuerpo (ingles, axila, cuello…), me salían llagas recurrentes en la boca. Qué inocente era… Ya pasará, será que tengo la gripe, me decía.
 
Un día, decidí ir al médico y me mandó hacerme un análisis rutinario completo. Pasados 15 días, fui a recoger el resultado y, cuando lo tuve en mis manos, al abrirlo, leí: “Debe usted repetir la prueba de serología para el VIH a fin de contrastar el resultado”. El tiempo se paró a mi alrededor; me faltaba el aire, no sabía a quién recurrir, nadie sabía mi “opción”.
 
Subí corriendo al doctor, y al entrar en la consulta, me dijo: “No te preocupes todavía, puede ser un error, repite la prueba…”. Aquel día, no comí ni dormí; a la mañana siguiente, fui a repetir la prueba. Un enfermero me atendió, miró el papel, me pidió el DNI y, después de hacerme la extracción, lo único que me comunicó fue: “que Dios te ayude”. Ahí lo supe… estaba claro. El destino ya me había juzgado. Me había equivocado, cometí un error y no había marcha atrás.
 
En aquellos años, internet no estaba tan generalizado como ahora. No existía información ni sabía a dónde acudir. Ser seropositivo era ser maricón, vicioso, degenerado. ¿Qué había hecho yo para merecer eso? No había hecho nada que no hicieran los demás. Fui optimista, saqué fuerzas de donde pude y afronté mi nueva situación.
 
Inicié el tratamiento y reduje mi carga viral a 0. Mis CD4 han sido normales desde entonces y siempre he estado con la viremia del VIH indetectable. He pasado por diferentes terapias antirretrovirales. Atrás quedaron diarreas insoportables, cambios de humor, eczemas, etc. (efectos secundarios con los que, hasta la fecha, he luchado).
 
Gané todas las batallas que afronté. He llevado en silencio mi “secreto” …hasta ahora. En la actualidad, estoy luchando en una guerra en la que sé que voy perdiendo; algo a lo que no estoy acostumbrado. Tengo un trabajo de atención al público y me preocupa mi aspecto; siempre he sido un chico delgadito.
 
Pero estos últimos meses, algo ha pasado. Mi cuerpo ha empezado a cambiar, mi piel se vuelve más elástica y flácida, mis venas se marcan en brazos y piernas, mis líneas de expresión son exageradas, los huesos del trasero se me marcan. Se    trata de lipoatrofia. Según mi doctor, tengo un régimen que no se considera que cause esta afección. Así pues, son alucinaciones mías. El médico me veía igual.
 
Así han pasado los últimos meses y yo voy menguando; cada día, más. Los pantalones me quedan grandes, tengo la cara cada vez más hundida. No hay vuelta atrás.
 
¿Qué puedo hacer en esta batalla para vencer a mi enemigo que no haya hecho? Nada. Lo he hecho todo. Mi alimentación controlada, el régimen terapéutico no asociado, el ejercicio físico, y aun así, nada. Qué paradójico que, durante estos diez años, no haya luchado contra mi “secreto” y sí contra su tratamiento. ¿Y ahora qué?
 
Estoy en la treintena y soy una persona cuerda y adulta. Nunca he recurrido a los tranquilizantes para calmar mis penas. Hoy creo que, desde la razón y la cordura, me toca evaluar cuál es el camino que debo coger en este cruce. ¿Merece la pena? …me refiero a luchar contra lo que se supone que me cura.
 
No cuestiono los efectos extremadamente beneficiosos y necesarios de los antirretrovirales y estoy a favor del TARGA. Se trata de una cuestión moral. No es decidir si dejar o no de tomar la medicación, sino para qué. ¿A dónde voy? Estoy cansado de luchar. Son más de 10 años y estoy cansado. La gente ya nota que algo sucede. Mi cuerpo ahora lo refleja.
 
Que quede claro que esto no es un comentario suicida ni nada por el estilo; simplemente es una reflexión del estadio en el que me encuentro.
 
La cuestión es si seguir combatiendo a mi aliado o sucumbir al enemigo.

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