Testimonio: Cómo me sentí cuando me lo dijeron la primera vez

Hurrakita

Y se hizo el silencio, caminando sin rumbo y pensando en miles de cosas; sentía rabia, desesperación y se preguntaba por qué.

Se sentó en un parque, observando pasar a la gente (niños, jóvenes, mujeres). Y ella estaba allí sin estar, inmóvil, meditabunda, pensando en uno de sus problemas, que ahora no era uno ni cualquiera sino que era “el problema”.
Sentada en ese banco de plaza, miles de cosas y preguntas se le pasaban por la cabeza; indagaba en ella misma el cómo, el cuándo y el porqué.
 
Por qué a ella, precisamente: sería un castigo por algo que hizo del pasado.
Se hacía mil preguntas a la vez; una sensación extraña le recorría por el cuerpo. Qué sucedería ahora con su vida, se preguntaba. Cómo sería la reacción de su organismo, de su familia y sus amigos, sus planes de futuro… Se veía sola.  Con eso no tenía posibilidad de hacer nada. No podía creérselo, digerirlo y asumirlo en ese momento. El impacto fue tal que se cerró y se sumió en la incredulidad y la negación de lo que verdaderamente le sucedía. Se hallaba en un callejón sin salida: y ahora qué, se preguntaba.
 
Se refugiaba en su intimidad, con sus pensamientos, sus ideas, sus manías, sus espacios, sus lugares propios, indagando respuestas.
Las lágrimas corrían por su rostro lentamente. No sentía un dolor físico, sino del alma. Una simple noticia cambió su vida en un instante; era algo que se le escapaba de las manos, no era capaz de cambiarlo. Era algo que ya no se podría cambiar.
 
Se le hace difícil poner palabras a sus sentimientos y emociones…
Intenta usar su energía vital -que todavía se niega a dar el brazo a torcer- para encontrar ese rayo de luz que le dé una esperanza para el día después, pero en este momento que esta viviendo se le nublan las ideas positivas.
Además, echa en falta un par de oídos que la escuchen sin juzgarla, una mirada cómplice que le indique una presencia incondicional, una caricia que le permita abandonar su encierro, un hombro que la consuele de sus lágrimas…
Tras un tiempo de largo silencio, de mirar sin mirar, se incorporó, suspiró y se dijo: esto no está pasando, no diré nada a nadie.

Sus días transcurrieron sin más, vivía porque abría los ojos y respiraba, su día a día era levantarse, irse a trabajar y volver a casa. Se había alejado de los conocidos, encerrándose en su mundo de culpas.

Pasa el tiempo. Unos días son tristes y otros lo son aún más. No sabe qué hacer con su vida.

Se le hace tan duro el día después, asumir una realidad tan distinta a la de ayer, que hasta se olvida de los buenos días vividos.

Intenta solventar la situación de algún modo, pero no sabe qué hacer. Su silencio son gritos desesperados de ayuda que el mundo desconoce.
Romper esta coraza es lo que quiere, pero no sabe por donde comenzar.

¿Hacia dónde dar ese primer paso que la conduzca a volver a recuperar su libertad?

La primera administración de prueba le fue como ella temía: fatal. Su organismo no la asimiló. Su miedo se unió a la desesperación y a la desidia de no haber hecho nada para evitar este momento. Su temor no era a morirse, sino el de qué pensarían ellos, sus padres: el porqué de la enfermedad, el cómo y el cuando. Sentía miedo a ser juzgada con incomprensión.

Aún lo tengo que terminar. Ahora tengo a una persona que me ama y me apoya en mi vida.

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