Testimonio: Cambiar el chip

Lola

Me llamo Lola, tengo 45 años y vivo con VIH desde hace trece, más o menos.

Cuando me dieron la noticia me sentí morir; me pasaba el día llorando y tenía pesadillas por las noches: ya no tenía ganas de nada. Sin embargo, me di cuenta de que así lo único que hacía era malgastar el tiempo que me quedaba de vida, además de amargársela a mi pareja, que es seronegativa.
 
Decidí cambiar el "chip" y me fui a vivir al campo, a una zona tranquila, para mantenerme ocupada con mis plantas y animales. He de comentar que trabajaba de canguro y, cuando les dije que era portadora del VIH, me echaron a la calle. Por miedo al rechazo, no he vuelto a trabajar. Así pues, tenía tiempo para meditar qué sería mejor para mí, y lo mejor fue pensar que no tenía el virus, llevar una vida normal, relacionarme con mis amigas igual que antes, sonreír a la vida y dar gracias a Dios por los días tan hermosos que me regala.
 
Me apunté a clases de yoga –quiero animaros a todos a practicarlo, pues a mí me va muy bien–, me alimento sano comiendo mucha fruta y tomando zumos naturales y Kéfir de leche… Y, amigos míos, tengo que deciros que ya han pasado trece años, no tomo medicamentos, nunca he estado enferma y, actualmente, me encuentro muy bien de salud. Mañana no sé qué me pasará, pero hoy disfrutaré el día al máximo, pues es un nuevo día que Dios me regala para disfrutarlo.
 
He aprendido mucho durante este tiempo, y he llegado a la conclusión de que lo más importante es no tener miedo, pues es el que te hace sentir cosas que a veces ni se tienen. El miedo te estresa y te hace bajar las defensas. De modo que no tener miedo es muy importante. Es difícil desprenderse de él, pero se consigue.
 
Hasta el día de hoy todavía no sé cómo me contagié. Nunca me he drogado, no me han hecho transfusiones y las parejas que he tenido eran seronegativas.
 
Mi actual pareja es seronegativa. Queríamos tener un hijo, pero Dios no me lo dio. Ahora, aunque seguimos con la misma ilusión, ya tengo 45 años y "se me pasa el arroz". Pero la vida es así y hay que vivirla como te venga.
 
Con mi testimonio sólo quiero animaros explicando que es posible estar sanos y vivir bien mucho tiempo, y que mañana, Dios dirá. Es verdad que a los portadores del VIH nos discriminan sin piedad, pues por el hecho de serlo ya no podemos, por ejemplo, adoptar. Yo misma sentí el rechazo en mi propia carne cuando me echaron del trabajo por ser sincera y decirlo. Eso te obliga a callarte. Ni tan siquiera somos idóneos para ser "padres de acogida".
 
Desde aquí, quiero decir que nadie sabe el día de su muerte, cualquier persona puede morir antes que yo sin tener el virus, por  ejemplo debido a un accidente; por miles de causas. Sin embargo, las personas que no tienen el virus no son discriminadas, y esto es injusto.

Las leyes deberían cambiar. Yo podría ser una madre perfecta y sólo Dios sabe cuándo mi hijo se quedaría huérfano. Nadie tiene derecho a llamarte enferma y a decirte que no puedes adoptar. Me siento sana. Durante estos trece años he estado sana y, por ello, sientes que te roban parte de tus sueños, te roban parte de tu felicidad. Pero también he aprendido que, aunque se me niegue parte de lo que me ilusiona, no puedo perder mi entusiasmo por la vida y mis ganas de vivir y de reírme cada día.
 
Ni el sida ni quien hace las leyes que nos discriminan me arrancarán la sonrisa ni las ganas de vivir.
 
Os deseo a tod@s la misma paz interior. Sed fuertes.
 
Un abrazo, desde lo más profundo de mi ser, para todos los +.

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