Testimonio: Alguien tenía que decirlo

Ricardo

Mi historia es reciente y muy difícil de aceptar para mí, pues es el VIH el que ha entrado en mi vida de la manera más violenta, dolorosa y cruel: a través de la transmisión intencionada de la persona que decía amarme.

Todo comenzó a mediados del año 2009. Mi pareja estaba desgastada por una crisis de pareja que veníamos atravesando. Habíamos convivido cinco años hasta entonces, y pasábamos por el peor momento de la relación. En esa crisis, mi expareja me fue infiel, y le transmitieron el VIH, algo que nunca me reveló.

Enfermó súbitamente por una gripe muy fuerte y bajó de peso. Yo lo notaba preocupado y mucho más distante. Le pregunté si pasaba algo, pero se excusó alegando el estrés que le producía la crisis de nuestra relación y otras situaciones particulares. Yo dudé, y debido a una infección secundaria que me afectó y de la que no tenía clara la causa, me acerqué a una clínica y pedí que me hicieran la prueba del VIH. Esta salió negativa en septiembre; por segunda vez, en diciembre de 2009, tuve el mismo resultado.
 
Le pedí a mi pareja que se hiciera la prueba, y tras insistirle en reiteradas ocasiones, un día me dijo que se la había hecho y que el doctor lo había encontrado muy bien, y que hasta lo había felicitado por su perfecta  salud. "No tengo nada, estoy sano", me dijo, y yo, por supuesto, creí tan seria confesión. Nuestra relación se recompuso, empezamos a acercarnos de nuevo y, en febrero de 2010, volvimos a intimar.
 
Grande fue mi sorpresa cuando, después de algunas semanas, comencé a enfermar. Mi pareja me abandonó al notarlo y, al cabo de poco tiempo, me confesó que no se había hecho la prueba del VIH y que lamentaba el mal que me había hecho. Yo no me lo podía creer, y sigo sin entender cómo pudo hacerme tanto daño, cómo fue capaz de decidir así sobre mi vida, cuando yo lo cuidé desde el principio de la relación, cuando siempre le fui honesto, cuando simplemente lo amé. Él eligió la mentira. No sé por qué decidió actuar de esta manera, yo creía en su amor.
 
Yo no puedo superar esto, es incluso peor que la enfermedad. El haber llegado aquí por una decisión consciente y criminal de la persona que yo más amé en mi vida. Esperó meses a mi lado, en silencio. Estuvo meses sin decir una palabra, tratando de acercarse a mí, intentando recomponer la relación, hasta que volvimos a darnos una oportunidad. Estuve muy cerca de zafarme de las garras de ese criminal, pero no pude.

Lamentablemente, en su último intento, logró dejarle a mi vida una marca eterna, un dolor con el que me duermo y me despierto todos los días.

Sé que se puede seguir viviendo y sé lo difícil que es, además. Pero para ser honesto, no pasa un solo día en que no me encierre en algún sitio a llorar por el enorme dolor que le causó a mi vida. No puedo entender cómo tuvo la frialdad para actuar con tanta saña. Sabrá Dios por qué.
 
Les seré sincero: No lo he superado nada, y cada día que pasa estoy más y más triste. Y esta nostalgia crece por aquella hermosa vida que tenía y que me arrancaron de los brazos con tanto odio.

Perdonen, pero mi experiencia con el VIH, hasta hoy por lo menos, no tiene ningún aspecto positivo.

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