Un adolescente con el corazón roto que sigue luchando

Santiago

Tengo 17 años y me gustan los chicos desde que tengo conciencia. Cuando tenía 14 años tenía tanto miedo de que mis padres se enteraran de mi condición sexual o de que mis amigos no me aceptaran que, desde esa edad, he experimentado síntomas depresivos, que llegaron a tocar fondo cuando se manifestaron síntomas de desorden alimenticio.

Por suerte, a los 15 años pude contarles a todos quién era yo y agradezco que tengo una familia que me apoya y amigos que me aceptan tal y como soy. Recuerdo que, en ese tiempo, me sentía tan bien conmigo mismo que hasta una noche había llorado de la alegría que tenía. Pasaba por un momento hermoso y lo compartía con la persona que más quería, mi novio. Gracias a él tuve el valor de contarle a todo el mundo quién era, aprendí a quererme y a no juzgarme, a cuidar mi salud y a alimentarme bien.

Con él no me importaba el mundo, me olvidaba de todo lo que estaba a mi alrededor, de algunos problemas familiares e incluso de mis extraños momentos depresivos. Lamentablemente no todo dura para siempre y, después de una bonita relación de 8 meses (la única y la más bonita de mi vida), terminamos por algunas inseguridades que mi novio tenía.

El momento en el que empecé a caer y nunca más me detuve empieza. Yo no lo podía creer, sentía que se había perdido una parte de mí, que estaba incompleto. Lloré muchísimo, más de lo que imaginaba. Tenía pesadillas en las que lo veía, recordaba momentos felices y en cualquier lugar me ponía a llorar escondiendo mi cara para que no me vieran. Nunca estuve tan mal por alguien y tomé la peor decisión de mi vida: drogarme y alcoholizarme para poder borrarlo de mi cabeza.

Era el verano donde yo tenía 16 años y mi vida estaba arruinada. Estaba con los ojos rojos de tanto llorar y constantemente en estados de inconsciencia debido al alcohol que consumía. Había decidido salir todos los fines de semana a bailar de noche, a alcoholizarme como nunca y a terminar en camas de hombres mucho mayores que yo, a tener relaciones sexuales donde fuera y con quien fuera, a autodestruirme. Llegaba a mi casa sintiéndome en un cuerpo equivocado, sintiéndome sucio y desarmado, llorando en silencio. Sabía que estaba haciendo las cosas mal, pero ¿por qué no me detuve? … Es algo que todavía con lágrimas en los ojos me pregunto.
 
A mitad de mis 16 años estaba sufriendo graves problemas de insomnio y fuertes dolores de panza. A esto se le suma una gran depresión y un cambio radical que me generó mucho estrés. Me cambié de colegio perdiendo contacto con todos mis amigos y compañeros anteriores. Trataba de tranquilizarme y relacionarme, pero yo sabía que en el fondo todo andaba mal, cuando, un día, en la ducha noté mi notoria caída del cabello. En ese punto fui al hospital a hacerme análisis esperando una respuesta que yo ya sabía, los análisis dieron que yo era seropositivo al VIH.
 
La noticia fue tan dura para mí como para mis padres, estaba perdido, fuera de este mundo. Apenas me enteré avisé a mi exnovio, súper-avergonzado de ser yo. Por suerte él está sano, tiene una vida normal y con otra persona que no soy yo, esta vez es una chica. En cambio, mi vida es un desastre y yo también lo soy. Culpándome todos los días por ser yo, por lastimar y defraudar a la gente que más quería, por perder a mis amigos y por vivir con una enfermedad sin cura.

Ahora tengo 17 años, probablemente con los años más tristes que tuve, soy un adolescente asimilando y aceptando mi triste enfermedad. Un adolescente escribiendo en busca de ayuda, que a pesar de todo quiere seguir viviendo, aunque muchas veces pensó en quitarse la vida o en darse por vencido. Un adolescente con sueños destruidos y con el corazón roto y enfermo, pero que en el fondo sigue sano y peleando para seguir adelante.

Muchas gracias por leerme.

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