Testimonio: Un poema

Claudio Alvárez

Canción de Acción de Gracias

Sello ardiente sobre mi mano abierta,
vaga luz tras el temblor de las máscaras,
oscuro surco de mi soledad
que surte un agua que al terror devela
y troca del hipócrita sus alas
en tristes moscas sobre el arenal.
 
Beso de acíbar en las altas rosas,
torva fortuna que al rostro interroga
y al rostro quema al señalar el límite
en que los frutos del goce se angostan
al palpar lo intocable de las sombras,
frágil cavidad de diástole y sístole.
 
Un deseo me espera entre guadañas.
Rúbrica profunda de mi silencio,
aún veo por sobre las cenizas
que mis ojos limpias, y un agua extraña
lava la quietud sacra del espejo
en que me muestras piedras y semillas:
 
piedras de amabilidades estériles,
piedras que no creen sino en la tumba
y en la sordera en que tuercen sus risas;
semillas de los que no han sido débiles
y en su abrazo espantaron la penumbra,
frescor de miradas, dulces semillas
 
de los que me dieron sin pedir nada,
mieses brotando en mis manos ardientes
resolviendo esta grieta negra en vida;
te debo estas verdades escaldadas:
la faz del amigo entre las serpientes
y el sabio laurel que a la serpiente espanta;
 
esta lección te debo, ¡oh, duro día!,
estas lecciones, ¡oh, quemantes llagas,
oh, pesada torcedura, oh mi SIDA!

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